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Edita:Saiid Alamiتحرير:سعيد العَلمي (مدريد Madrid)

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PORTADA del 12 diciembre 2011 al 25 abril 2012

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12 octubre 2014

Abderrahim Mahmud, el poeta palestino combatiente

Por Saiid Alami

PORTADA de junio 2014 a marzo 2015

ARABSPAIN PRESS(R)-Marca Registrada nº2660578:B.O.P.I. 16/01/2006-Reservados todos los derechos

 

El Viaje de la Vida قـصـيـدة رحـلة الحـيـاة

Poema قصيدة

EL HORIZONTE ESTE

Un relato de Said Alami


El Horizonte Este

Un relato de Said Alami

Traducido del árabe por el autor

Relato publicado en el libro "La Asamblea"

Imagen

Omar abrió los ojos tendido en la arena y con dificultad pudo alcanzarlos con su mano derecha intentando así protejerlos de la fulgurante luz del sol. No tardó en palpar las facciones de su cara como si quisiera reconocerla mientras empezaba a recuperar la consciencia y se agitaba intentando ponerse de pie pero sin poder más que levantar su tronco un poquito del suelo, apoyándose en ambas manos y explorandor el entorno con su vista muy detenidamente y apoderándose de él la perplejedad y el asombro.

Pasó un instante antes de que pudiera reconocer el lugar donde se encontraba. Se encontraba aunaunaunaun en el campo de batalla, pero allí no había batalla alguna. Se terminó de sentar mientras apretaba sus sienes con las manos, presionándolos con todas sus fuerzas en un intento de remediar el fortísimo dolor de cabeza que sufría, luego se levantó y se puso de pie contemplando la horrenda escena que se extendía ante sus ojos por doquier. No veía a ningún ser vivo a parte de él mismo, y los cadaveres estaban tirados aquí y allá. Algunos de estos cadaveres parecía que le estaban mirando con ojos saltones.

Omar quiso andar pero no pudo, desplomándose nuevamente en el suelo. Quería buscar a algún vivo entre aquellos cadaveres...a alguna explicación de lo que veía a su alrededor, pero no pudo moverse durante un rato en el que permaneció observadno muy intensamente su entorno preso de la impotencia. Pensó que le hubiera sido más ventajoso y provechoso si hubiera estado entre esos cadaveres. Sin embargo, Dios nos creó dotándonos de un soplo divino que nos hace capaces de soportar lo que nunca hubieramos imaginado que seríamos capaces de hacerlo, y nos inspira incluso en los momentos más horrendos y más insufribles de modo que nos comportamos como si hubieramos estado largamente acostumbrados a ellos y como si se hubieran convertido en lo más natural de nuestra vida. Y pasados los días, eliminada la desgracia y de nuevo instalados en nuestra acostumbrada vida tranquila, volvemos la vista atrás y nos maravillamos de aquella valentía, paciencia y determinación de las que habíamos sido capaces en aquellos tiempos difíciles y que nunca antes habíamos imaginado que albergábamos en nuestro interior. Esta fuerza oculta se despertó en el interior de Omar haciéndole percatarse de que debería empezar a moverse de inmediato si quería permanecer vivo por lo que recurrió a todas sus fuerzas para poder levantarse de nuevo, esta vez lleno de fuerza de voluntad y de determinación.

Omar recogió una metralleta que estaba tirada por el suelo junto a otras armas, examinó su cargador y empezó a caminar con paso firme entre los cadaveres, cadaveres de hombres y cadaveres de vehículos militares. Las llamas seguían aún elevándose de algunos vehículos y tanques destruidos lo que significaba que la batalla se estaba librando intensamente hasta hacía poco tiempo. Pero ¡¿cómo habrán desaparecido todas esas tropas que luchaban, como si no hubieran existido jamás?!.

Empezó a otear el horizonte en todas las direcciones en busca de algo que le ayude a resolver el enigma que seguía causándole perplejidad. De repente se sentió presa de una fuerte sed por lo que le entró miedo al darse cuenta de que se encontraba en un desierto. El desierto del Sinai. Así se apresuró a buscar una cantemplora que estuviera en buenas condiciones y llena, pero primero encontró unos prismáticos que arrancó del cuello de su dueño muerto y los colgó del suyo en unos gestos espontáneos que revelaban cuán absorto se encontraba en aquellos momentos. Evitaba mirar los rostros de aquellos soldados y oficiales muertos, que en su mayoría eran israelíes, ya que le infundían, siendo él el único vivo en aquél lugar solitario del aterrador desierto, unos escalofríos que recurrían su cuerpo una y otra vez. Pero aquello no era suficiente para mermar su fuerza de voluntad. Era uno de los mejores oficiales egipcios y no se podía permetir excepto mantenerse sereno, además de estar dispuesto en aquellos momentos a hacer todo cuanto estuviera en sus manos para reincorporarse a su unidad o enfrentarse a la muerte venga de donde venga.Pero...¡¿Qué es lo que pasó a su unidad¡? ¿Ha salido victoriosa?!. ¿Se ha retirado?. ¡¿En que dirección?!.

Y de pronto se encontró debatiendose en el atolladero de una nueva conclusión... muy fría. Dejó de buscar por un momento..."es verdad... esto es correcto... si mi unidad se ha retirado eso querrá decir que me encuentro ahora detrás de las líneas del enemigo.¡Dios mío...Qué hacer si esto fuera verdad". Se daba cuenta de que si sus suposiciones fueran ciertas entonces era un hombre muerto ya que no es tan ingenuo como para entregarse a los israelíes...era buen conocedor de este enemigo pues ya pasaron veinticincinco años desde que libró su primera batalla contra ellos en el cuarenta y ocho allá en la tierra de Palestina. (1)

Reanudó la búsqueda de la cantimplora sintiendo hervirle la sangre de rabia. "¡¿Pero cómo?!. ¡Cómo pueden haberse retirado cuando ibamos ganando la batalla antes de caerme inconsciente!". Omar recordó, mientras seguía recuperando la memoria, que el ataque de su unidad contra esta posición israelí fue lanzado al alba, miró el sol y vió que se encontraba en el centro del cielo. Su unidad mantenía su avance a lo largo de las primeras horas de la mañana a pesar de la densidad de las tropas israelíes hasta que la batalla se hizo enconada y cruenta rompiendo las tropas egipcias las defensas del enemigo y luchando ambas partes cuerpo a cuerpo. Miró su reloj, las manillas se habían parado marcando las díez de la mañana por lo que dedujo que estuvo inconsciente durante dos horas..."¡¿ En dos horas se cambia la faz del mundo?!". Si no fuera por el rumor del fuego que está consumiendo los vehículos militares y disipando este impenetrable silencio, estas llamas que se contonean perezosas por aquí y por allá, y estos cadaveres esparcidos por el suelo y dentro de los vehículos militares, hubiera creído que estoy en un campo de batalla de la última guerra mundial".

Seguía buscando la cantemplora y cuan fue su alegría cuando la halló en la mano de un soldado egipcio que se encontraba tendido en el suelo boca abajo, y al querer quitarsela oyó un quejido que le hizo retroceder inmediatamente por efecto de la sorpresa. Claro que se percató de que aquél soldado estaba vivo, pero aquel quejido le sorprendió sobremanera mientras estaba absorto en un mar de pensamientos. Había perdido toda esperanza de hallar a alguien con vida en aquel cementerio a campo abierto.

Omar se apresuró a ayudar al herido, sentándole con la espalda apoyada en la rueda de un camión militar destruido. El herido no tenía fuerzas para articular palabra y mucho menos para gritar, a pesar del fuerte dolor que le recurrió el cuerpo cuando Omar le movió de su sitio. El oficial se afanó limpiándole la cara al soldado y quitándole la arena mezclada con sangre seca que la cubría y que procedía de una herida superficial que presentaba en la cabeza. Más tarde Omar vió que el soldado tenía otra herida profunda en la espalda que había sangrado abundantemente dejando una gran mancha en el suelo. La cara de Omar se desencajó de disgusto al descubrir esta segunda herida y al percatarse de que aquel hombre se estaba muriendo.

Aunaunaunaun así Omar se ocupó de cuidar del herido hasta donde podía dándole de beber de la cantimplora hasta creer que se había saciado. El oficial estaba sobre ascuas por oír alguna palabra del soldado herido que le ayudara a discifrar el enígma que le seguía perturbando fuertemente. Pero al soldado herido se le esteremecía todo el cuerpo y sus labios tiritaban secos y duros mientras que sus ojos saltones y desorbitados giraban expresando su despavorimiento y desesperanza. Se trataba de un jovencito que no pasaba de los veintidos años de edad. El oficial hizo infructuosamente algunas preguntas al soldado herido con la esperanza de recibir alguna contestación que le ayudara a comprender lo que había pasado a lo largo de las últimas dos horas, pero ante el persistente silencio del joven desistió de alcanzar su objetivo. Sin embargo, pasados unos momentos el herido, haciendo un gran sfuerzo, articuló algunas palabras que Omar no alcanzó a comprender por lo que acercó su cara a la del soldado quien, con voz entrecortada, pregunataba:

- ¡¿Que sucedió?!. ¡¿Dónde estamos?!. ¡Madre!

Omar se sentió nuevamente frustrado al ver que este herido, que se encontraba en el umbral de la muerte, no iba a serle nada útil para sacarle de este dilema, pero aun así preguntó al chico con cariño y súplica:

- ¿Te encuentras mejor?

Pero el soldado no pudo excepto mover la cabeza en señal de negación mientras parecía que sus ojos estaban a punto de saltar de sus orbitas. Los dos hombres permanecieron callados durante largo rato durante el cual el oficial se sentía perplejo respecto a que hacer con este herido hacía quien sentía una profunda pena y afecto. Quería prestarle más socorro y cuidados lo cual no estaba a su alcance... pues ni su estado, ni el momento ni el lugar lo permetían. Con rabia y amargura se preguntaba por que ese soldado permaneció con vida sufriendo todo ese tiempo su fuerte dolor cuando estaba condenado a morir sin remedio y por qué tuvo él que hallarle en aquellos momentos horrendos en los que no podía ni cuidarse de sí mismo. Y de nuevo Omar se sumergió en sus pensamientos mientras observaba todo lo que se encontraba esparcido a su alrededor de carne humana e hierro y se le ocurrió que entre todos aquellos cadaveres pudiera haber otro herido incapaz de moverse, pero prontó ahuyentó es ídea que, de creersela, hubiera tenido que levantarse a examinar cada uno de los cadaveres lo cual era muy superior a sus fuerzas ya que había decenas de cadaveres en aquel vasto campo de batalla.

Y mientras Omar estaba absorto en aquellos pensamientos oyó al herido mascullar nuevas palabras lo que le hizo precipitarse hacia él y le escuchó decir con voz muy débil:

- Mi pisoteabais con vuestros pies sin el minor cuidado mientras estaba yo tendido en el suelo. Sentía el suelo moverse debajo de mí. A veces sentía que me caía de encima del suelo y me aferraba a la arena para evitar que me cayera al tiempo que me ensordecían los estruendos, los gritos y las explosiones.

El chico dijo esas palabras con suma lentitud hasta hacer que el oficial estuviera a punto de perder la paciencia mientras le daba palmaditas en el hombro cariñosamente para tranquilizarle, pero el herido rompió en llanto lo que hizo que a Omar se le llenaran los ojos de lágrimas sin saber si el motivo de aquellas lágrimas era la tremenda pena que aquél muchacho de corta edad al que veía como se le iba apagando la vela de la vida o era la impotencia que sentía ante aquella situación de la que no veía salida posible, pues no podía llevar al herido a ninguna parte a causa de la gravedad de sus heridas, pero además, incluso si él quisiera abandonar solo ese lugar para pedir socorro ¿hacía donde dirigiría sus pasos cuando no sabía donde se hallaban en aquel momento las líneas egipcias? Era harto evidente que permanecer allí y esperar era la única solución a su alcance en aquellas circunstancias."¡¿Esperar qué?! No lo sé. Puede que mis compañeros regresen aquí. Pero, ¿y si el que regresa es el enemigo?"... Omar paró de pensar y se dirigió hacia el chico preguntándole con algo de alegría forzada con la que pretendía aliviar a su compañero herido:

- No me dijiste como te llamas. Yo me llamo Omar. Venga...venga deja de llorar pues el llanto no sirve para nada y seguro que hoy regresamos a nuestros cuarteles.

El chico, haciendo mucho esfuerzo, dibujó sobre sus labios una sonrisa que apareció desvanecida, como queriendo llevarle la corriente al oficial, al tiempo que no tenía fuerza más que para repetir:

- Fuad.Fuad.

Omar volvió a darle palmaditas en el hombro, diciéndole:

No te preocupes Fuad. Tus heridas son en sacrificio por la patria, por la dignidad de nuestro pueblo y por la recuperación de nuestro territorio que ahora nos estrecha contra su pecho tras una larga separación. Esto es como para hacerte sentirte orgulloso. Yo me siento orgulloso de ti hijo.

Fuad no hizo ningún comentario. Permanecía en silencio, mirando a Omar fijamente con sus ojos saltones de tanto dolor que padecía. Su cara reflejaba la extrema debilidad que prsentaba a consecuencia de toda la sangre que perdió.

En realidad su estado era peor de lo que creía el oficial y paseaba su vista por el campo de batalla sin llegar a entender nada de lo que veía a su alrededor mientras que su cerebro había entrado ya en una fase de delirio.

"Estoy seguro de nuestra victoria sobre el enemigo", dijo Omar tras un corto silencio y como si estuviera hablando consigo mismo.

- Esta será la primera vez en la que le damos una lección que no ha de olvidar –prosiguió Omar- pues hoy estamos ya en el tercer día de batallas y hemos arrasado a sus fuerzas de un modo que no deja lugar a duda. Es nuestra tierra, ¡hombre!, y les vamos a rechazar hasta recuperar la mismísima Palestina.¿Pero acaso no sabes Fuad en que dirección se fueron nuestras tropas?.

Al escuchar esto, el herido empezó a reir debilmente, con lo que el oficial le miró muy extrañado y esperó a que dijera algo como comentario a lo que él acababa de decir. Y efectivamente el chico habló:

- ¿Te crees que soy tonto? -Dijo con una voz que parecía salir del fondo de un pozo- no me vas a engañar.

Omar no entendió lo que Fuad quiso decir ni el significado de sus palabras.

- ¿A que te refieres? -le preguntó.

- Déjate de Palestina -empezó el herido a mascullar dibujando una tenue sonrisa en los labios-. No me intentes engañar. Mátame si quieres.

Omar quedó boquiabierto de perplejo y tremendamente asombrado a causa de las palabras que acababa de escuchar, dándose cuenta de que el herido había entrado en un estado de delirio que anunciaba su inminente fin, lo que le provocó una profunda intranquilidad.

-No Fuad, soy egipcio como tu - dijo Omar muy pausadamente-. No soy israelí. ¿Acaso no ves el uniforme que llevo?.

Pareció que el herido miraba muy fijamente el uniforme de Omar por lo que este se le alegró la cara estando seguro de que el herido se daría cuenta de su error, hasta que el soldado reaccionó:

- El uniforme...el uniforme - dijo con sorna-. ¿Acaso no ve todos estos uniformes tirados en el suelo? Dispárame si quieres".

El oficial se percató de que no servía de nada seguir intentando convencerle.

-Escucha hijo -dijo levantándose. Me voy a buscar un vehículo en condiciones con el que poder alejarnos de este lugar pues tu necesitas asistencia médica.

El oficial no recibió respuesta alguna mientras iba buscando el anhelado vehículo sin dejar de observar a Fuad desde lejos preocupado por él y aveces gritaba diciendo cualquier cosa simplemente para hacer sentir al chico que estaba cerca de él. Pensó que aquella guerra y otras parecidas no han sido hechas para gente de la edad de aquel jovencito.

Omar no pudo encontrar ningún vehículo en condiciones pero tampoco regresó con las manos vacías a donde se encontraba Fuad pues llevaba en sus manos un lanzacohetes Bazuka que depositó en el suelo con mucho cuidado y secó el sudor de su frente con la manga de la camisa.

- Es inútil -dijo dirigiéndose al herido.No no encontré ni un sólo vehículo en condiciones, así que tenemos que permanecer aquí y esperar a que nos rescaten ya que estoy seguro de que.......

Omar se calló de repente dejándo que un profundo silencio se apodere del lugar, solo interrumpido por los quejidos del hierro en su dilatación bajo los abrasadores rayos de sol, el sonido de los incendios moribundos por acá y por allá y el intermitente silbido del viento que levantaba a su alrededor pequeñas tormentas de arena. Fuad levantó su perdida mirada hacía Omar interesado por su repentino silencio encontrándole de pie escrutando el lejano horizonte a su derecha y a su izquierda.

-Casí puedo jurar que oigo un ruido, como el ronroneo del motor de un tanque, o algo así -dijo Omar con calma, como si hablara consigo mismo con voz audible, al cabo de unos momentos de estar atalayando las dunas con su aguda vista- ¿No oyes nada? -le preguntó a Fuad- mientras que al mismo tiempo comprobaba como se encontraba. Pero el chico permanecía cabizbajo y en silencio, por lo que el oficial se inclinó hacía él y tocando la barbilla del chico le hizo levantar la cabeza percatandose de que no había perdido su mirada saltona pero sí halló una nueva expresión en los ojos del chico que supuso que era desafío. Omar sacudía suavemente la cabeza mientras le preguntaba:

- ¿Me oyes, Fuad?

- Si vienen tanques serán egipcios y será tu fin -dijo el chico con los ojos cerrados y con voz ronca que difícilmente salía de su garganta.

- "Dios que infeliz suerte tengo", pensaba Omar... ...."¡¿Por qué este destino mío de vivir todo el sufrimiento de este chico?!... Él no sabe lo que dice...piensa de verdad que soy israelí apesar de que le hablo con nuestro idioma y nuestro dialecto". Omar pensaba en todo esto mientras daba de beber al herido de la cantemplora y secaba el sudor que brotaba de su frente y cuello. Se percató de la alta temperatura del herido y de que su corazón latía débilmente, sintiendo ganas de estrecharle contra su pecho para protegerle de la muerte con su propio cuerpo. Pero era imposible.

Omar se puso de pie de nuevo escrutando el horizonte en todas las direcciones, una y otra vez, pero sin hallar nada a pesar de que a sus oídos llegaba el ronroneo de motores. Se preguntaba si en en el desierto existía espejismo para el oído como existe espejismo para la vista. Sin embargo, él había pasado varios años en este desierto antes de que fuera ocupado por los israelíes y estaba seguro en aquel momento de que algunos vehículos militares se estaban acercando a aquél lugar y que no existía ningún espejismo auditivo. Un espíritu de entusiasmo se apoderó de Omar mientras florecía en su alma una nueva esperanza de ser salvados, repleta de optimismo y fragancia. Estaba ya seguro de que el ronroneo de lejanos motores llegaba efectivamente a sus oídos. En aquellos momentos ya no le cabía duda de que su unidad no se había retrocedido sino que se había avanzado muy adentro del frente del enemigo. Como prueba de ello se hallaban aquellos vehículos de transporte y tanques egipcios destruidos que estaba viendo en ese campo de batalla, todos ellos parados en dirección este apuntando al corazón del frente enemigo. Si las tropas egipcias hubieran sido derrotadas aquí los soldados anemigos habrían permanecido custodiando esta posición.

El oficial volvía a agudizar el oído escrutando con su vista una vez el horizonte este y otra vez el horizonte oeste pareciendole a veces que ese leve ruido le llegaba desde el cielo. Pasaron varios minutos sin que aquel hombre parara de mover su vista entre el horizonte y el joven herido a quien parecía no importarle nada de todo lo que le rodeaba.En algún momento más tarde Omar le preguntó si estaba oyendo algo a lo que Fuad se limitó por respuesta a mover su cabeza a la derecha y a la izquierda en señal de negación.

El ruido aumentó en fuerza y nitidez hasta que ya era posible para Omar jurar que aquellos tanques estaban a punto de aparecer en el horizonte este. Mientras, el herido empezó a revolverse intentando a su vez mirar hacía el horizonte ya que al parecer él también percibía aquel ruido lo que llamó la atención del oficial.

- ¿Lo has oído tu también? -exclamó el oficial con suma alegría. Sin lugar a duda se trata de tanques egipcios que regresan tras haber perseguido a los restos de las fuerzas enemigas.

Fuad no dijo nada limitándose a dirigir la mirada hacía aquel hombre que se encontraba de pie.

Súbitamente aparecieron en el horizonte este tres puntos de golpe por lo que Omar gritó "allí están, Fuad veo a tres". Con gran impaciencia colocó los prismáticos delante de sus ojos fijando bien la vista en aquellos tres puntos negros. Pronto se le cambió la cara y se le vino el mundo encima cuando pudo divisar claramente uno de los tres tanques. Era un tanque israelí. Omar, preso de una rabia extrema, apretujó fuertemente los prismáticos con ambas manos hasta casí romperlos, escupió indignado al suelo y temblando de cólera gritaba a Fuad y arrojaba los prismáticos junto a él.

- - ¡Son tanques enemigos!. ¡Son israelíes! -exclamaba.

Fuad parecía haberse interesado por aquellas palabras y masculló algo que Omar, preso de un gran enfado, no entendió. El oficial veía, a simple vista, como aumentaba el número de tanques que se dirigían hacía donde se encontraba él y Fuad. Ya eran seis y aún se encontraban a gran distancia de ellos. Omar, fuera de sí, golpeó el suelo con su pie extremadamente enojado."¡Pero cómo!" -gritó desde lo más profundo de su ser.

Omar, muy tenso, movía la vista entre Fuad y aquellos tanques. Pensaba en lo que debía hacer. Miraba el horizonte oeste en busca de algún tanque agipcio pero en todo el círculo del horizonte a su alrededor reinaba la quietud sin nada que se mueva excepto aquellos tanques lejanos cuyo número aumentaba constantemente en el horizonte este. Una ídea se apoderó de la mente de Omar y se despuso a llevarla a cabo resurgiendo la vida en sus venas con vigor y fiereza. Se lanzó a hablar sin saber si estaba dirigiéndose a sí mismo o a Fuad y sin apartar la vista del horizonte:

-Me enfrentaré a estos bárbaros y les daré una lección. Dios, alabado sea, así lo ha querido para mí y para ellos". Pasó por su mente que irremediable morirá junto a aquel valiente soldado que estaba postrado ante él en un largo trance de agonía. Le miró durante largo rato en silencio mientras que el chico, agotado, se mantenía cabizbajo. Omar murmuró, hablándole en voz baja:

-Nos encontraremos en el Paraíso, Dios mediante.

Omar se puso a moverse con una increíble vitalidad, alejándose en busca de munición para su bazuca, pues había visto cuando buscaba un vehículo muchas armas esparcidas y cajas de municiones. Unos minutos después regresó cargado de una caja a donde se hallaba Fuad, encontrándole a este mirandole en silencio por lo que exclamó, sin detenerse:

- No temas, les haré retroceder sobre sus pasos. No te harán ningún daño. Tenemos munición como para destruir muchos más tanques que estos". Omar no se percató de como Fuad murmuraba entre dientes: "¡maldito seas!... ¡maldito seas!".

El oficial prosiguió moviéndose rápida y activamente, trayendo más cajas de municiones que iba colocando cuidadosamente debajo de un gran camión cuyo armazón estaba intacto. Acto seguido se arrojó al suelo y se atrincheró debajo del camión. Miró hacía Fuad cerciorándose de que estará a resguardo del fuego enemigo siempre que él pueda impedir, utilizando el bazuca, que los tanques enemigos se acercaran mucho.

Omar volvió a observar aquellos tanques alguno de los cuales reflejaba los fulgurantes rayos de sol. Ya habían pasado dos horas desde que recuperó el conocimiento y el disco del sol estaba aún en su punto más culminante de resplandor. Nuevamente con su vista iba explorando el escalofriante panorama que se extendía a ambos lados y sentiendo arder en su corazón una fé en Dios que superaba en su intensidad al fuego que ardía en propio sol, diciéndose a sí mismo mientras el rumor de los motores de los tanques lo acorralaba por doquier, "yo no era hace un rato sino un cadaver más entre tantos cadaveres, es como si estuviera escrito que muera dos veces seguidas en sacrificio por la patria". Miró hacía Fuad nuevamente encontrándole escudriñando aquellos tanques con los prismáticos que llevaba con una sola mano por lo que creyó que su estado había mejorado, "¡quién sabe!, a lo mejor he salido de entre estos cadaveres para que este chico vuelva al mundo de los vivos". Omar juró para sus adentros que defenderá con su propia vida a quel chico, pero de repente se sentió abatido al recordar de nuevo que el herido estaba en muy mal estado y que su muerte era cuestión de minutos.

Omar estaba sumido en aquellos pensamientos al tiempo que observaba como se acercaban los tanques pero toda su preocupación se centraba en la planificación de como golpearlos, quedando distraído de lo que hacía Fuad quien a su vez observaba los tanques con mucho esfuerzo y sumo interés. El herido, en aquel estado de delirio en el que se encontraba, se cercioró de que aquel hombre tendido delante de él, debajo del camión, no era más que un enemigo israelí pues él había visto claramente, através de los prismáticos, tanques egipicios. Se encontraba en un estado de delirio que no le permitía hacer una valoración equilibrada de los acontecimientos y todo lo que percebía de lo que ocurría a su alrededor era que un israelí se disponía a atacar los tanques egipcios que se les acercaban, por lo que él estaba decidido, por su naturaleza de patriota con la que creció desde niño, a impedir que eso ocurriera por más que le traicionaban sus fuerzas.

Súbitamente, el oficial pareció darse cuenta de algo sumamente importante, alegrándose la cara de inmediato y gritando entusiasmado:

- - ¡Dios mío!... ¡Son egipcios!.

- Y en el momento en que se volvía hacía el soldado herido sonó en sus oídos el estruendo de hierro y en cuanto sus ojos vieron a Fuad se le heló la sangre al percibir en los ojos de aquél una firme determinación que se asomaba a través de ellos cual serpiente con una aterradora frialdad hasta parecer que aquel hombre se había transformada en aquél momento en otro ser distinto.

Omar levantó velozmente una mano como si hubiera querido proteger su cara al darse cuenta instantáneamente de que iba a recibir ya una lluvia de balas. Abrió la boca para decir algo pero las carcajadas de la ametralladora que sujetaba Fuad con ambas manos enterraron sus palabras que se tornaron en un horrendo grito de dolor cuyos ecos se repetían entre la arena y el disco del sol hasta hacer que el viento mismo del desierto se quedara clavado en su sitio de tanto pánico.

En aquel lúgubre lugar reino un silencio en medio del cual los cadaveres de los hombres intercambiaban sus muertas miradas celebrando la culminación de la muerte en aquel campo suyo, al tiempo que se extenuaba la última llama de los encendios que devastaban los cadaveres de los vehículos militares.

Pasaron unos minutos antes de que llegaran a aquel cementerio los primeros tanques. Eran tanques egipcios entre los cuales había algunos tanques israelíes que horas antes habían sido tomados por las fuerzas árabes. Los tanques se deteuvieron rodeando el campo de batalla sin apagar sus motores y unos instantes después salieron de ellos unos oficiales y soldados egipcios indagando el origen de aquellos disparos que minutos antes habían sonado en aquel vacío desierto. Los soldados encontraron a un oficial egipcio tendido en el suelo debajo de un camión con el cuerpo aunaunaunaun sangrando y cuando se hubieron asegurado que había abandonado la vida se dirigieron a hacía un soldado que se encontraba a unos metro de él, sentado con la espalda apoyada en la rueda de otro camion, cabizbajo, sujetando con las manos una ametralladora. Uno de los soldados le levantó la cabeza y le habló pero no recibió respuesta. Era un inerte cadaver. > (1979)

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