La Pandilla de la Decepción

La Pandilla de la Decepción Relato

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La Pandilla de la Decepción

Saiid Alami

(Traducido del árabe por el autor)

    Era una mañana de invierno en la que Madrid se bañaba con rayos de un sol estival convirtiendo sus calles en ríos de resplandor y arroyos de luz, lo que hacía que los transeúntes se imaginaran que el invierno se había marchado lejos, embargando su olfato el espejismo de la fragancia del verano, y despertando en ellos recuerdos de veranos pasados, con su calor de mediodía y con sus refrescantes brisas en las cortas noches. En momentos inspiradores como esos, solemos repasar, involuntariamente, los archivos de nuestra memoria, y puede que entre sus pliegues encontremos al rostro de un amigo o al de persona querida, y volvamos a contemplarla por un breve momento, que usurpamos de nuestros aburridos días de invierno. Si el recuerdo nos resulta agradable nos recreamos en él, contemplándolo de distintas formas, ayudados por nuestra propia imaginación, exAmínándolo en detalle hasta parecernos que lo revivimos de nuevo y que aquel amigo comparte con nosotros nuestro paseo por aquella calle; es más, que conversa con nosotros; y cuando nos damos cuenta nos encontramos hablando solos y algunos transeúntes lanzándonos unas miradas de pena o de desaprobación.

   Y eso es precisamente lo que me pasaba aquella mañana mientras apresuraba los pasos por la calle “Gran Vía” abarrotada de transeúntes de cuyas caras me parecían asomarse los signos de satisfacción y alegría, sin saber yo si aquello era debido a su alborozo por el aquel sol imprevisto o por la inminente llegada de la democracia definitivamente, habiendo pasado ya un año entero desde el fallecimiento del general Franco.

    La alegría de la vida esparcía su fragancia a mi alrededor, con el bullicio de la gente, las luces de los escaparates comerciales, el movimiento de los vehículos, los quiscos de prensa desperdigados a ambos lados de la calle, las cafeterías abarrotadas de clientes, y la voz de aquel ciego de pie en la plaza de “Callao”, pregonando con su hermosa voz los números de la lotería que colgaba de su pecho, tal como era su costumbre desde que le conocí hacía doce años, la vendedora de castañas asadas, acurrucada detrás de su hornillo, sentada en una esquina de la plaza removiendo las castañas en una gran bandeja metálica con el fondo lleno de anchos agujeros y debajo de la cual arde candente el carbón, y la gitana vendedora de ramos de rosas, de pie, exhibiendo su mercancía enfrente del cine “Capitol”, a unos pasos de “Callao” por la que cruza la “Gran Vía”; y a poca distancia de ella se recogían los turistas rubios, hechizados por aquel sol, que estaban sentados en la terraza de la cafetería “Manila”, observando de cerca  el festival de la vida madrileña, como habían hecho, antes que ellos, los turistas, día tras día, siempre que se asomaba el sol sobre la ciudad, aunque sea con pudor.

     Sin embargo, toda aquella vida que bullía ante mis ojos no era capaz de arrancarme de la parcela de recuerdos en la que se había refugiado mi alma. Por todos modos, los años que pasé transitando por esta calle, que anduve cientos de veces, o subiendo hacía la plaza de Callao o bajando en dirección a la Plaza de España, no fueron capaces de generar en mí sentimientos de pertenecer a ella, ni  en apariencia ni en el fondo, a pesar del afecto y atracción que sentía hacia ella.

    Un sentimiento de depresión había empezado a asaltarme mientras repasaba los recuerdos de aquellos años, por lo que oteaba con un ojo la jubilosa vida a mi alrededor, y con el otro veía al hombre deprimido que aguardaba en lo más  profundo de mi alma. En momentos como ese me sentía como partido en dos personas, una consciente de la vida a su alrededor y la otra acurrucada en el pasado, rumiándolo, deprimida y triste. Mi primera persona quería sacar a mi segunda persona de su tristeza, enjuagar su depresión y darle rienda suelta para que sorba de las copas de la vida que bullía en la calle, a mi alrededor. Siempre me encontraba así, partido en dos, atareado en una lucha anímica con el fin de reunir mis dos partes, apiñar mi ser en un solo puño con el que poder dirigir acerados puñetazos a las circunstancias que me acorralan, con el fin de conseguir escabullirme de su hermética garra.

    De repente… me despertó de mi ensimismamiento y de mis pensamientos una voz que exclamaba mi nombre:

-       ¡Husam!… ¡Husam!

    Levanté la cabeza. Sí, me di cuenta de que estaba cAmínando cabizbajo. Entonces le vi. Espontáneamente, mi boca dejó dibujarse una amplia sonrisa, a la que mi otra persona, acurrucada en mi otra mitad, miró desdeñosamente, y hasta con regodeo, como si supiera que iba a sufrir amargamente en los minutos siguientes, pues ocurría lo mismo cada vez que me encontraba con un amigo venido del pasado. Mi sonrisa no se disipó con este último pensamiento, sino que se quedó aferrada a mis labios mientras abrazaba a aquel íntimo amigo con quien no me había visto desde hacía seis años, concretamente. Sí seis años. Y esto era motivo del temor que sentía hacia mi otra persona.

    Pronto tomamos asiento en la elegante cafetería Nebraska en la que solíamos citarnos en los días del pasado. Con la pequeña mesa entre nosotros, me di cuenta de que Amín –así se llamaba aquel amigo mío–, me devoraba con sus ojos que irradiaban alegría y regocijo por nuestro encuentro, y advertí en su espléndido semblante que se hallaba en un estado de felicidad y autoconfianza, lo que hizo que mi otra mitad se encogiera más aún, al tiempo que yo intentaba deshacerme de mis trompicones mentales y dedicarme plenamente a disfrutar de aquel encuentro con mi amigo tras tan larga separación. Sin embargo, no habían pasado más que unos minutos cuando tuve la sensación de que Amín había percibido en mi conversación, de alegre cáscara, el sabor de la amargura que radicaba en su esencia, y que yo intentaba ocultarla en aquellos primeros momentos de nuestro encuentro, pues consideraba yo que él debía ver en mí a aquel hombre que tanto había aspirado a ser, y del que tanto había hablado a Amín en los días de estudiantes en la universidad de Madrid.

    Sin embargo, fue inútil…!Cómo podía yo ocultar la verdad sobre mí al amigo con quien jugaba de niño en los vecindarios de Jerusalén, y con quien me había divertido en los días de adolescencia en Kuwait, y padecí con él de la amargura de la expatriación en Madrid! Un corto silencio reinó entre nosotros en el que mi semblante, a pesar mío, se ensombreció, apagándose la alegría en los ojos de Amín. Entonces, me encontré hablándole con toda franqueza:

-       Años perdidos –le dije–. Sí años perdidos. Seis años hace que nos dejaste, mientras yo me quedé y pasé otros tres años en la misma facultad. Pero, ¿Qué utilidad tiene hablar ahora de mí, cuando ardo en deseos de saber cómo te ha ido?

    Me contó su historia desde que, seis años antes, dejó la facultad y se trasladó a Jordania. Sin embargo, nada más empezar Amín a hablar regresaba yo en mi imaginación hacia atrás…recordando cómo había empezado el viaje de la expatriación hacía doce años.

   Amín y yo eramos miembros de una pandilla de amigos que incluía a otros tres estudiantes. Al principio la llamábamos “Pandilla de  la Diáspora” en alusión a la dispersión de nuestras familias y a nuestra expatriación que aún era reciente. Habíamos simbolizado el nombre de nuestra pandilla con las primeras dos letras del mismo, P.D. Nos habíamos conocido al poco de ingresar en la Facultad de Medicina, salvo mi vieja amistad con Amín. No  dominábamos aún el idioma español, por lo que nos sentíamos inmensamente perdidos por las calles de Madrid y entre  nuestros tomos académicos, al tiempo que apenas comprendíamos las clases de nuestros profesores. Aun así, nuestros lozanos corazones rebosaban de anhelos como la Tierra de anchos y como el cielo de altos. Tomábamos como buenos ejemplos algunos estudiantes árabes que se habían incorporado a la Facultad años antes de nosotros y que iban aprobando año tras otro. Cuando nos encontrábamos con alguno de ellos solía animarnos y asegurarnos que él también había pasado por ese período de sentirse perdido, y que suele ser un período pasajero que terminaremos atravesando con el paso del tiempo y con el dominio del nuevo idioma.

      Y si nos encontrábamos con un estudiante que haya fracasado año tras año, solíamos fustigarlo con nuestras ingenuas lenguas, burlarnos de él en nuestras alegres conversaciones a solas, e incluso le despreciábamos en nuestro fuero interno, y nos mofábamos de los consejos que nos daba por creer que todo lo que nos contaba de explicaciones acerca de su fracaso académico eran meros pretextos débiles con los que quería ocultar las verdaderas causas de su fracaso, que nosotros, con nuestros estrechos horizontes, atribuíamos a una de dos, sin más, corrupción moral o desidia en los esfuerzos académicos. Acabábamos de salir de las casas de nuestros padres y madres, donde nos habíamos criado bajo su absoluto cuidado, y no conocíamos nada de los avatares de la vida más allá de nuestras familias y de los barrios donde vivíamos en nuestros respectivos países. Eramos meros chicos que no pasaban de los veinte años de edad, aún incapaces de ver la vida salvo en dos colores, el blanco y el negro.

    Y pasaron los años…dándonos cuenta entonces y por primera vez de la extremada rapidez de su paso. La vida nos forjó. Estudiamos y pasamos largas noches estudiando, nos mezclamos con otros estudiantes de las distintas facultades, escribimos decenas de cartas a nuestras familias, buscamos las emisoras de radio árabes en nuestros transistores, nuestros corazones latían por cada acontecimiento que haya sacudido nuestra patria árabe, discutimos con nuestros compañeros árabes a lo largo de incontables horas, de política, de la causa palestina y acerca de los asuntos de nuestro mundo árabe; nos mezclamos con los españoles y establecimos con ellos amistades superficiales y les explicamos hasta la saciedad la tragedia de nuestro pueblo palestino, ganamos para nuestra causa a decenas de ellos, refutamos detalladamente todas las falsas alegaciones que escuchábamos acerca de nuestra religión islámica, y demostramos a muchos españoles su tamaña ignorancia acerca de todo lo tocante con la religión del islam, y su tamaña aversión y odio hacia ella, nos fascinaron las chicas españolas con su belleza y fuimos alcanzados por los flechazos del amor, consciente o inconscientemente, probando el sabor del descanso en los brazos de mujeres que enjuagaban nuestra tristeza y nos colmaban de amor y ternura en aquellos días en los que vagábamos sin familia, sin nuestra sociedad y sin alegría. Así, teníamos ya amigas o novias. Pasamos tiempos difíciles económicamente, pues había entre nosotros quienes recibían de sus familias pagas que a duras penas les eran suficientes, y había de entre nosotros quien pasaba hambre en la última semana de cada mes, como resultado de su mala administración. Realizamos viajes por España y vimos mucho de lo que nuestros antepasados dejaron en ella, lo que aumentaba nuestro vínculo con su bella tierra y con sus buenas gentes, a pesar de toda su ignorancia acerca de todo lo relacionado con los árabes y el islam. Realizamos visitas a nuestras familias, visitas que eran al principio de desbordante felicidad y que con el paso de los años iban adquiriendo un tinte triste a causa de la creciente acumulación de las cenizas de nuestro fracaso académico.    Habían pasado cuatro años desde que iniciamos los estudios universitarios cuando nos dimos cuenta de que, salvo uno de nosotros, habíamos engrosado la cola de los estudiantes de quienes nos burlábamos en el pasado. Y no nos lo creíamos, ni habíamos asumido anteriormente la realidad de nuestra nueva situación académica y social. Dos de nosotros no habían terminado aún el primer curso, mientras otros dos habían logrado a lo largo de cuatro años aprobar el primer curso, solamente. En cuanto a nuestro quinto compañero iba aprobando constantemente, aunque apenas se separaba de nosotros.  

    Me acuerdo que un día nos encontramos a la puerta de la facultad y tuvimos una conversación alegre, como de costumbre, pero a mí me pareció que una nube de tristeza la ensombrecía, que pronto llovió abundantes palabras cargadas de desilusión. Aquello era la alegría de jóvenes lozanos y vigorosos mezclados con la tristeza de quien empezaba a sentir como los apresurados pasos de las hordas de la frustración pisoteaban sus entrañas. Aquella conversación nuestra se alargó, se caracterizó por su franqueza  y ya no nos ocultábamos a nosotros mismos que eramos, efectivamente, estudiantes frustrados. Entre veras y bromas, nuestro compañero, Isam, propuso que cambiásemos el nombre de nuestra pandilla que desde aquel momento a “La Pandilla de la Decepción”, manteniendo así sus símbolos P.D. Isam añadió, con su tono alegre, al que estábamos acostumbrados, y del que no me olvidé hasta hoy día, que debíamos tratar de curar el caso del fracaso del que padecíamos, y que la medicina establecía que el tratamiento de una enfermedad empieza por el diagnóstico de la misma, y que el objetivo de cambiar el nombre de nuestra pandilla era precisamente poner el dedo en la llaga, para poder curarlo más tarde.

    Amín parecía en aquel día el que más se lamentaba por aquellos años de expatriación en los que anhelaba cosechar nuevos resultados y daba esperanzas a su familia de que Dios había de ayudarle, irremediablemente, a realizar sus anhelos; pues el rayo de la esperanza suele seguir reluciendo en el corazón de los jóvenes por más negra que sea la oscuridad en sus vidas; lo cual suele ocurrir como resultado de los escasos años en los que han sido conscientes de la vida, experimentándola, y por ser inconscientes acerca de que las desgracias de la vida, sean pequeñas o grandes, y sus infamias, sean leves o abominable; pueden abatirse sobre ellos como se habían abatido sobre millones de seres humanos antes; y que ellos pueden perpetrar desmanes y cometer temeridades que habían perpetrado y cometido muchos seres humanos que en la flor de sus vidas tanto habían creído que eran infalibles a los errores, fracasos y vilezas. Es que ocurre que los jóvenes, debido a su escasa experiencia en la vida, creen que son lo mejorcito de entre los seres humanos que han aterrizado sobre la faz del Globo Terráqueo venidos del mundo de la inexistencia, y que todos los que recurrieron el sendero antes que ellos no lo habían recorrido de la manera adecuada, lo que provocó que hayan tropezado y hayan caído al suelo, y que ellos…ellos concretamente…son los primeros que recorrerán el sendero de una manera admirable. Y así generación tras generación, sin que hubiera manera de hacer bajar a los jóvenes de sus nubes de seda y advertirles acerca de los peligros que les acechan de todas partes, y que proceden precisamente de sus comportamientos hacia las circunstancias que les rodean, pues todos los consejos y recomendaciones que les ofrecen quienes les han precedido sobre el sendero de la vida suelen ser desperdiciados, y solo el tiempo, con su eterno látigo, suele ser el encargado de hacerles recapacitar… pero esto ocurre muchas veces demasiado tarde… y cuando el sendero, ya a sus espaldas, haya recibido a otra hornada de nuevos jóvenes que avanzan a su vez en medio de una espesa nube de polvo que les impide ver con claridad, montados a lomos de unos indómitos corceles.

   Ahora me acuerdo, con Amín sentado enfrente a mí en la cafetería Nebraska, relatándome la historia de sus últimos seis años, que él nunca había deseado estudiar medicina, y que anhelaba, cuando acabó su enseñanza secundaria, ingresar en una de las facultades de Derecho en algún país árabe, sin embargo, sus padres y sus familiares, como había ocurrido con la mayoría de estudiantes árabes con los que convivimos en la expatriación, se esforzaron sobremanera por llenarle la cabeza de fantasías y sueños. Le pintaron la carrera de medicina como si fuera la cúspide de las aspiraciones humanas, reprobando que se convierta en el futuro compañero de ladrones y asesinos, defendiéndoles y comiendo merced a ellos, como decía su padre, y tal como nos contaba Amín en muchos corrillos. Recuerdo que una vez dijo, mientras se reía tanto que casi pierde el conocimiento en aquella larga conversación, sentados en la escalera de la entrada principal de la facultad, y detrás de nosotros las elevadas columnas de piedra que custodian la solemne puerta de hierro:

-       Que Dios recompense a mi familia, compañeros, pues si ellos supieran lo que me ronda por la cabeza me dejarían de enviar mi paga mensual.

     Aquel día me extrañé de aquella risa histérica de Amín, y le pregunté acerca de lo que le rondaba por la cabeza, y me contestó mientras intentaba reprimir la risa que persistía y que hacía que sus ojos se llenaran de lágrimas:

-       Me ronda por la cabeza lo que os ronda por la cabeza a vosotros cuatro. Estamos todos sentados aquí como bobos, conformándonos con el papel de victimas que nuestros padres y madres nos han impuesto. ¿No veis que ya es hora, ahora que hemos pasado años aquí y ya no somos aquellos chicos ingenuos que fuimos, de decirles que no, y que no, y buscarnos una salida  de este atolladero, y dejar a nuestras familias en paz? Ellos no conocen de este mundo más que el estrecho círculo de nuestra sociedad que no glorifica otra cosa que no sean las profesiones de medicina y arquitectura, debido a la propagación de enfermedades y epidemias, y porque la mayoría de nuestros pueblos vivían en casas de adobe, y la mayoría de sus ciudades y pueblos siguen sin conocer los alcantarillados, salvo los que se desbordan dejando correr sus porquerías a la vista de todos. ¿A caso no comprendéis que ya no puede ser propio de nosotros, después de que la vida nos haya curtido y después de que nos haya enseñado sus colmillos, que no movamos un dedo por salvarnos a nosotros mismos, aunque sea a costa de la obediencia ciega a nuestros padres que nos ha sido impuesta desde pequeños, usurpándonos nuestra propia voluntad desde nuestra más tierna infancia, a propósito, con determinación y alevosía?

    Y no encontré en sus palabras lo que justifique sus risas.

-       ¿Y qué es lo que te hace reír en esto que dices? –le dije burlonamente–. Son palabras que más bien deberían provocar el llanto de todos nosotros, de nuestros padres, nuestras madres, nuestros familiares, nuestras sociedades, nuestros pueblos y nuestra nación entera. Verdaderamente eres un filósofo.

     De nuevo, mis compañeros estallaron en risas, para luego sumirnos en el silencio en medio del cual intercambiábamos miradas perplejas, al tiempo que llegaban a nuestros oídos las voces de nuestros compañeros de la facultad, el bullicio de los coches que pasaban por la avenida principal que atraviesa la ciudad universitaria, en cuyo lado opuesto, en frente de la Facultad de Medicina, estaba ubicado el comedor universitario que en aquellos momentos estábamos esperando que abriera sus puertas para dar la el almuerzo. Súbitamente, nuestro compañero, Walid, estalló en una sonora carcajada dejando su mano caer sobre la espalda de Amín que en aquel momento se encontraba cabizbajo mirando el suelo.

-       ¡Oh, amigo, que días aquellos los de antaño! –exclamó con las palabras debatiéndose en su boca para salir de modo comprensible en medio de su risa-. ¡Ojalá la juventud vuelva algún día para contarle lo que hizo el médico, doctor Amín!(1)

   No esperábamos que la risa de Walid iba a ser tan justificada por lo que participamos de su risa, mientras Amín le empujaba con ambas manos, jugueteando, mientras le decía, en medio de nuestras risas:

-       ¿Y por qué no nos demuestras tu genialidad, pachá ingeniero?(2)

Oyendo esta nueva broma nuestras risas se intensificaron, mientras que Walid se tiraba para atrás casi a punto de ahogarse de risa. Aquí intervine, dirigiendo mis palabras a Walid:

-       Has dicho la verdad. La vejez se va reflejando en ti como en los rostros de todos nosotros. Hemos empezado a ser viejos estando aún en al principio de nuestra juventud.

    No acababa yo de decir esto cuando mis cuatro amigos repetían al unísono una frase que solíamos repetir em nuestros corrillos:

-       De preocupación, de tristeza y de la expatriación que es como el veneno.

Aquí Nabil tomó la iniciativa, diciendo él solo:

-       Y  de la separación de mi prima.(3)

Otra vez la Pandilla del Fracaso estalló en risas.

 

   Acostumbrábamos a reunirnos casi todos los días después de las clases, y cuando nos juntábamos intercambiábamos las novedades acerca de nuestros estudios, nuestros profesores y nuestros compañeros de entre los estudiantes árabes, acabando siempre hablando de las noticias del mundo árabe y lo que acontecía allí de vergüenza, humillación  y deshonor. En cierta ocasión, Walid, comentando las noticias de la patria árabe, dijo que aquellas calamidades que ocurrían en la patria se debían a que se trataba de la sexta miembro de la Pandilla del Decepción, y que por esa razón nos apasionaban sus noticias hasta la adicción.

   A pesar de nuestro hondo sentimiento de fracaso, cuya bacteria empezaba ya a corroer nuestras personalidades cual carcoma a la madera, ninguno de nosotros se había atrevido a tomar un paso decisivo que le coloque enfrente a su familia flagrantemente. No dejábamos de maldecir a nuestra suerte, nuestros profesores y nuestras familias. Nabil decía, sarcástico, que nuestras familias solo quieren el bien para nosotros, y que de ese bien sólo nos desean el bien que les reporte el bien. ¡Que hubiera podido hacer él por su familia –decía– si se hubiera licenciado en aquel año de la Facultad de Letras o de la de Ciencias Sociales, como era su deseo antes de viajar a España para estudiar medicina! “Sin embargo –continuaba–, ahora, tras cinco años de sufrimiento, preocupación y cuantiosos gastos, que no han dado ningún resultado que merezca la pena, seguramente que estarían tan orgullosos de mí que me escupirían directamente a la cara”. Siempre cuando llegaba a este punto de su célebre sermón, repetíamos con él, al unísono, Amén, Amén. Que rimaba con las iniciales de Pandilla de la Decepción(4)

    Estaba yo seguro de que aquellos amigos míos eran uno jóvenes inteligentes y ambiciosos, y que anhelaban poder satisfacer las ambiciones de sus respectivas familias, más bien, este era el principal objetivo que nos quitaba el sueño a todos. Sin embargo, yo los observaba en silencio, encontrando en ellos lo que encontraba en mí mismo de falta de autoconfianza que a veces llegaba a hasta el extremo de perder el equilibrio anímico, que a su vez llevaba a la temeridad. Veía yo la alegría reinar entre nosotros cuando nos juntábamos en cualquier lugar, pero en cuanto me encontraba con alguno de estos compañeros a solas veía irremediablemente la pena cubriendo su rostro, la preocupación paralizando su pensamiento y la sonrisa dibujarse tenue sobre sus labios de vez en cuando. Yo era uno de ellos. Jóvenes destinados a convertirse en escombros de jóvenes.

    Pasó otro año, y uno de los primeros días de  julio nos juntamos todos en la facultad para recibir las notas de final de todo un año lectivo. Cuatro de nosotros sabíamos de antemano que los resultados no iban a ser mejores que antes salvo en una medida lejos de cualquier satisfacción: Sin embargo, la esperanza es lo último que se pierde, tal como reza un dicho popular que los españoles repiten a menudo, y mucho más cuando se trata de la esperanza que suele ser caudalosa en las almas jóvenes.

   Y efectivamente, nuestros resultados académicos aquel día fueron tal como esperábamos, volviéndonos a nuestro corrillo, sentados en un banco largo de piedra que una mano sabia colocó allí hacía muchos años, a los pies del caballo indómito, que se alzaba en el espacio arbolado ubicado entre las facultades de medicina y farmacia, como parte del monumento de “Los portadores de la antorcha”, símbolo de nuestra universidad. Felicitamos calurosamente a nuestro compañero, Nabil, por las buenas notas que había obtenido, pero su semblante estaba tan sombrío como el de todos nosotros por lo que sabía de la pena de nuestras almas. Tras una larga conversación en la que comentamos nuestras notas, cargamos contra nuestros profesores, y nos lamentamos todo lo que quisimos, reinó el silencio entre nosotros, mientras yo me fijaba en el hombre fuerte y desnudo, firmemente montado a lomos de aquel caballo, inclinándose tanto que su mano derecha casi toca el suelo, en su intento de recoger la antorcha que le extendía, con una mano agotada, la cabeza inclinada hacia el suelo, otro hombre desnudo y tirado en el suelo, desfallecido por la enfermedad, o tal vez por la vejez, o, quien sabe, por el fracaso. Amín interrumpió el momento de silencio, diciendo, inclinado, apoyando sus dos codos sobre sus rodillas, y fijando la vista en la arena entre sus pies:

-       Ya basta, compañeros. Llevamos en este país seis años sin provecho ninguno, y ya es hora de que nos demos cuenta de que nuestro futuro no está en esta facultad y que cada uno de nosotros debe regresar a donde sus raíces y emprenda la carrera que tanto había anhelado.

    Amín se extendió hablando, analizando la situación que sufríamos, luego se enderezó en su sitio, se levantó harto ya de estar sentado, y se plantó delante de nosotros, retomando la palabra tranquilamente, y señalando el imponente monumento que se erguía detrás de él sobre un pedestal pétreo y redondo.

-        Llevamos años viendo casi a diario este precioso monumento, sin haber extraído de él, aún, la lección que debimos haber extraído desde el principio – dijo mientras le escuchábamos con todos nuestros sentidos por la elocuencia con que estaba expresando nuestros más profundos sentimientos, como si estuviéramos escuchando en aquellos momentos la voz de nuestras conciencias–. ¿A caso no veis la sucesión de las generaciones? –continuó-. La generación pasada entrega la antorcha… la antorcha del saber y del progreso, a la nueva generación. Se supone que nosotros somos esta generación representada por este fornido jinete, que a lomo del caballo del tiempo, cuya juventud es eterna, seguirá abriendo camino a las generaciones que esperan su turno para saltar sobre su lomo. ¿Por Dios decirme, cómo vamos a poder cumplir esta misión, llevar la antorcha y dar rienda suelta a nuestros caballos, para entregarla a nuestros hijos, estando nosotros más débiles aun que este hombre que está tirado en el suelo?

      Recuerdo que en aquellos momentos Amín hablaba excelente y vehementemente como nunca había visto antes en él. Me pareció entonces claramente que aquellas palabras suyas eran fruto de un largo pensamiento, y presentí que estaba a punto de anunciarnos algo de suma importancia.                     Mientras estaba contemplando a mi amigo en aquella hora del mediodía de un día de principios de verano, percibí en él aquel gran abogado que siempre quiso ser. Y efectivamente, vino su esperada declaración, al decirnos, tras haberse quedado callado por unos momentos, dándose la vuelta hacia el monumento, al que miró detenidamente, al tiempo que nosotros cuatro nos mirábamos en silencio, esperando que continuara hablando:

-       Compañeros, he decidido recuperar mis fuerzas y levantarme de este tropiezo. Dejaré la carrera de medicina sin lamentar haberla dejado y sin sentirme arrepentido por lo pasado, pues si no he conseguido un título universitario en estos seis años, sí he aprendido mucho, he madurado y me he convertido en un hombre después de haber sido un chico. No creáis que existe el fracaso en el que no hay más que fracaso, ni el éxito en el que solo hay éxito. Si rebuscáis bien en nuestro fracaso tras estos años, encontraréis bajo sus feas cenizas un éxito incandescente como ascuas, capaz de reavivar en el alma el calor y la continuada confianza como para seguir caminando y buscar la salida correcta.

     Los miembros de P.D. recibimos, pasmados y perplejos, aquella declaración, e intercambiamos, nosotros que estábamos sentados en una sola fila, miradas silenciosas, para luego dirigir, todos, una misma mirada a Amín, como si pidiéndole que siga hablando, pues nos parecía a todos que no había terminado de hablar. Efectivamente, Amín, al no recibir ningún comentario a sus palabras, continuó:

-       ¡Qué os pasa, compañeros! –exclamó como para despertarnos de un profundo sueño–. ¿A caso porque hemos perdido seis años lectivos, creéis que debemos de seguir despilfarrando años de nuestra vida? Podemos corregir el error ahora y cambiar de carrera para salvarnos, y ser dignos de recoger la antorcha de manos de nuestros padres, pero si pasan otros seis años sería imposible corregir el error, y sería como si levantáramos un monumento a nuestro error como este que veis delante de vosotros, que no se moverá de su sitio por más que nos empeñemos.

   En este punto intervino Isam, con una voz ahogada y cargada de preocupación:

-       ¿Te irás de España o te trasladarás a la Facultad de Derecho aquí, en Madrid?

    Ante esta pregunta, el semblante de Amín se cubrió de seriedad y frunció el ceño, se sentó en el suelo delante de nosotros, recogió una pequeña rama seca que había caído de uno de los arbolitos que nos rodeaban, y empezó a dibujar líneas en la arena, callado, con la cabeza agachada sobre su pecho. Su silencio era como una respuesta muy clara. Estaba decidido a marcharse.

-       ¿A dónde has decidido viajar? –le preguntó Isam de nuevo–.

-       Hemos venido aquí a estudiar con miras a regresar luego para trabajar en un país árabe que nos aceptara sobre su territorio, ya que Palestina sigue siendo vedada para nosotros –Contestó Amín, con voz temblorosa y sin levantar la vista hacia nosotros–. Esto en caso de que la carrera sea la medicina. Pero estudiar derecho para trabajar en el futuro como abogado requiere que yo me traslade a estudiar en la Gran Patria (5), pues debe de haber algún sitio para mí en alguna de sus universidades, desde el Océano hasta el Golfo.

     Dicho esto, me sorprendió ver a Isam cayendo con la palma de la mano sobre la de Amín, quien se la había extendido espontáneamente al ver que Isam extendía la mano hacia él.

-       ¡Entonces, de acuerdo! –exclamó Isam–. Yo regreso contigo a la tierra patria.

     Aquel fue un día decisivo en nuestras vidas que no he de olvidar jamás.

     Pocas semanas después nos despedimos de Amín e Isam en el aeropuerto de Madrid, con lágrimas cubriendo nuestros ojos, y regresamos, los tres que quedamos de la pandilla P.D. a la ciudad, absortos, sin que ninguno de nosotros articulara palabra alguna.

     Aquellos fueron seis años dulces de nuestras vidas a pesar de su amargura. Seis años que pasaron de nuestra vida para no volver jamás, como pasa cada minuto del capital de la vida. Después de la marcha de Amín e Isam no volví a vivir la vida como solía hacerlo antes, pues desde entonces me embargó la honda sensación de que yo era como quien llega tarde a coger el tren y encuentra que este acaba de marcharse dejándole solo en una estación desierta, despidiendo el tren con la mirada, sin que hubiera en la estación ni en sus alrededores un solo motivo que justificara seguir allí.

    Había decidido tomar el mismo paso que Amín e Isam, volviendo a la patria árabe, sin embargo no se lo dije a ninguno de mis amigos, hasta cerciorarme de la reacción de mi padre. Le había escrito al día siguiente de aquella conversación con los miembros de P.D. junto a aquel monumento.

    Mi familia lanzó contra mí una feroz campaña cargada de amenazas y persuasiones, animándome a seguir adelante con los estudios, mostrando su disposición a no escatimar gastos, los que sean, en aras de permanecer en mi sitio y no ponerles en ridículo entre familiares y amigos, según las expresiones empleadas por mi padre en la carta que me envió, y que fue seguida por otras cartas de mi madre y de mis hermanos. Naturalmente que no habían pensado en mí, ni de lejos, en mi estado de ánimo. Todo lo que les preocupaba eran las habladurías de la gente, expresión que se repetía en todas las cartas que recibí de los miembros de mi familia en respuesta a aquella carta mía. Yo casi me había olvidado, tras años de expatriación, que las habladurías de la gente en nuestras sociedades árabes retrógradas casi tenían más importancia anímica para el individuo que el noble Corán y los honorables hadices del profeta(6). Casi me había olvidado que la gente allí está dispuesta a sacrificar a sus hijos e hijas con tal de estar a salvo de las lenguas de los demás. En cuanto a sus hijos e hijas, que se vayan al infierno. Estaba a punto de olvidar, en la sociedad de mi expatriación, donde la gente tiene en cuenta las habladurías de la gente, pero comedidamente, que la principal ocupación en nuestras sociedades es la observación de la gente, ensañarse con los demás con los dimes y diretes en cuanto se presente la ocasión. ¡Y cómo no, tratándose de sociedades que han descollado tanto en la cortesía, la generosidad y la adulación, hasta límites nunca alcanzados por otras sociedades!

    Ya era evidente para mí que mi permanencia en la universidad, expatriado, era cuestión de vida o muerte para mi familia, sus mayores y sus pequeños… la mera permanencia, aunque fracasando, porque ellos aplicaban aquel dicho popular de nuestro país que dice que “Dios auxiliará”, prefiriendo así dejar la cuestión al tiempo, en el que confiaban que, sin duda, iba a solucionar mi crisis. Las cartas que recibía contenían decenas de consejos que me incitaban a tener paciencia y tenacidad, como si no había yo pasado seis años de paciencia y tenacidad.

   Ahora mi acuerdo, en este encuentro con Amín, después de seis años de separación, que todas esas ideas me venían a la cabeza mientras deambulaba de regreso de la oficina de correos, en la plaza de Cibeles, y en mi mano una carta de mi hermano mayor, que acababa yo de leer junto al apartado de correos donde recibo mi correspondencia. Y mientras subía por la calle de Alcalá, cuyo nombre árabe alterado, de “alqal´ah”, no fue capaz de arrancarme mi sentimiento de expatriado a lo largo de los años en los que la he recorrido yendo y viniendo de correos para recoger las cartas y los cheques bancarios enviados por mi familia; miré casualmente hacia la fuente donde está el monumento de Cibeles, diosa de la naturaleza, sobre su carro tirado por dos leones, ubicado en el medio de la plaza, imaginándola mirándome con cariño de madre, y diciéndome a mi mismo “¿Y cómo no se va a compadecerse de ti esta mítica diosa pétrea siendo ella madre de tres de los dioses griegos más importantes? Y es que puede que una madre pétrea cercana de ti te dé más cariño que tu verdadera madre que está lejos de ti, y que ya no ve en ti salvo el hijo que va a tener un título con el que ella llevará la cabeza muy alta delante de la gente”, tal como me había dicho mi madre en una carta que recibí de ella  dentro de aquella campaña”. Sacudí la cabeza con fuerza para ahuyentar aquellas ideas de mi cabeza, estrujé con la mano la carta de mi hermano y la tiré en la primera papelera que encontré en la plaza de Sol, que en aquella hora bullía de gente y palpitaba vida.

   Entonces me envolvió una extraña sensación de relajo e indiferencia mientras me dejaba absorber por la multitud, lo que hizo que me corazón se desbordara por una ola de felicidad que yo sentía en aquellos momentos que era falsa, pero la recibía extasiado y sonriente al pensar que era una especie de pequeño regalo de aquella diosa griega que había sentido mi desdicha al verme asomarme a ella día tras día desde el portal del altivo edificio de correos, con una carta en la mano y soledad y preocupación en los ojos. Además, ella también es como yo, extraña en la tierra de los españoles, a pesar de que llevaba en aquel lugar más de un siglo.

    El resto de los miembros de P.D. continuamos estudiando en la misma universidad. Probamos suerte un año más, exactamente como hacen los jugadores en los casinos, probando su suerte una vez tras otra, hasta que son obligados a abandonar esa farsa por la atrofia de sus bolsillos y el hinchamiento de sus yugulares. En verdad no había diferencias entre ellos y nosotros, ya que ellos sacrifican su dinero y su tiempo con la esperanza de ganar mucho dinero de una sola vez, mientras que nosotros sacrificamos años enteros con la esperanza de ganar títulos que en el futuro se traducen también en mucho dinero. Naturalmente, nuestro juego requería también gastar mucho dinero que nos enviaban nuestras familias, a quienes el dinero nunca les sobraba más allá que las necesidades básicas. Nos sentíamos con las manos encadenadas a aquella paga mensual que recibíamos de nuestras familias, ya que no teníamos otra escapatoria que seguir estudiando y repetir aquello de: “Dios auxiliará”.

    Así pasaron otros tres años… y es que los años no pasan, ni existen, salvo en el pasado, pues los que pasan son los días, y estos son muy habilidosos deslizándose por nuestras vidas sin apenas sentir nosotros sus discretos pasos, especialmente si estamos en la flor de la juventud, con el capital de vida aún delante de nuestros ojos repleto de cifras, hasta parecernos que por más que gastemos de él no se iba a agotar. En cuanto a los años, estos se deslizan por detrás de los días, ocultándose de nuestra vista, y no los vemos hasta que se hayan alejado y ya estén donde un punto lejano del horizonte, inasequible, dejando en nosotros despojos de nosotros mismos, que los años sucesivos se encargan de saquear y de llevar apresuradamente lejos, campo a través. En esos tres años conseguíamos de éxito lo poco que nos persuadía a que probáramos suerte de nuevo al siguiente curso, exactamente como en los primeros seis años. En cuanto a Amín e Isam, después de cartearnos con ellos por un corto período de tiempo no volvimos a saber nada de ellos.

    Recuerdo que me reuní con los otros dos miembros de P.D., Walid y Nabil, cuando este último estaba cursando su especialidad en el hospital universitario después de haber terminado la carrera de medicina. Era la tarde de un día de finales del mes de septiembre, en el mismo lugar, mismo jardín y mismo banco de piedra donde nos habíamos reunido tres años antes cuando Amín e Isam decidieron  trasladarse a estudiar a un país árabe. El monumento de los portadores de la antorcha estaba delante de nosotros, recordándonos aquellas palabras de Amín que seguían resonando en mis oídos. En aquella bonita tarde, con la ciudad  universitaria alrededor de nosotros, vacía de gente, tuvimos una conversación en la que no había un atisbo de tristeza, ni tensión ni lamentos, pues Walid y yo habíamos llegado a un estado de indiferencia hacia todo…especialmente hacia nuestras familias. La conversación se alargo y se ramificó hasta caer la noche que envolvió la universidad, con sus facultades, plazas, jardines y su gran avenida, que se extendía detrás de nosotros, tremendamente perezosa, debajo de la luz de las farolas alineadas a ambos lados suyos, separadas de ellas por las filas de árboles que se levantan en sus dos aceras, que habían conocido mis pasos yendo y viniendo a lo largo de nueve años, los más dulces y amargos de mi vida. Walid y yo llevábamos en los bolsillos las notas de unos exámenes que habíamos realizado aquel mes en un intento de mejorar los resultados de la primera convocatoria de exámenes, en junio. Sentíamos que nuestros bolsillos estaban a punto de arder de tanto que nos quemaban aquellos cuartillas, y ninguno de nosotros articulamos palabra alguna acerca del futuro, como si hubiéramos llegado a una misma conclusión en el sentido de que la solución era ya obvia, y se imponía por sí misma, sin dejar lugar a otras consideraciones.

    Aquella tertulia nuestra duró hasta casi medianoche, tras lo cual nos fuimos andando hasta la plaza de La Moncloa, donde empieza la ciudad universitaria. Allí nos separamos tomando cada uno el camino hacia su casa. Sin embargo, yo sentía que una tremenda rebelión se debatía en mi pecho, necesitando caminar y respirar más aire libre, con lo cual me encontré regresando sobre mis pasos a la desierta ciudad universitaria. Quería despedirme de ella a solas, bajo la luz de la luna de aquella cálida noche. Y mientras iba caminando tranquilamente por la larga y amplia avenida, entre dos filas de árboles, bajo la luz tenue de las farolas, me puse a ordenar mis ideas acerca de los pasos que tenía decidido tomar.

    Cuando me senté allí, solo… en el mismo banco de piedra… delante del monumento de portadores de la antorcha…me envolvió la oscuridad, la quietud me cubrió con el manto del sosiego y sentí que por fin había conseguido mi libertad, y que no existía sobre la faz de la tierra quien pudiera usurpármela o imponerme algo por pequeño y secundario que pudiera ser.

    Estuve absorto en mis pensamientos y empecé a pasear, yendo, viniendo y dando vueltas alrededor del monumento. Hablé conmigo mismo en voz alta, embriagado por aquella victoria mía sobre mi otro yo, que a lo largo de aquel día me estaba instando a seguir con los estudios y no enojar a mis padres después de haber sacrificado tanto por mí a lo largo de aquellos años. Me dirigí al hombre fuerte y desnudo, plantado sobre el lomo de aquel caballo, imaginando que me respondía y que me gritaba pidiéndome que saltara y me sentara tras de él a la grupa del caballo, para partir con él, como habían partido con él los de mi generación en los últimos años, hacia el anhelado futuro. Aún recuerdo como me subí sobre el pedestal circular sobre el que se levantaba la gran estatua y extendí mi mano hacia la antorcha pétrea, para recogerla yo mismo, como si hubiera querido con ello cerciorarme de que iba a cumplir la misión que tanto anhelaba cumplir. Si alguien me hubiera visto aquella noche en aquel estado habría pensado que había perdido el juicio o algo así.

   No sé como pasaron las horas en aquella soledad mía. Estaba seguro que aquella noche era la mía, y que marcaba la línea separatoria entre mi vida pasada y mi futuro. Efectivamente, aquella noche me gradué de la universidad de la vida, convirtiéndome en hombre, aunque no llevara en la mano un título de papel. Sin embargo, sentía en aquellos momentos que el lugar me atraía hacia él con fuerza… la Facultad de medicina a mi derecha y frente de mí, la Facultad de Farmacia a mi izquierda, el comedor universitario a mis espaldas, el hombre fornido con la mano extendida para recoger la antorcha, y el caballo debajo de él casi relinchaba tan lleno de vida. La oscuridad me envolvía, el sosiego se desbordaba dentro de mí, y las lágrimas en mis ojos, ora por los nueve años pasados, ora por extasiado por mi nueva libertad.

    El amanecer exhaló sus primeros alientos, miré mi reloj mientras seguía sentado en el banco de piedra y vi que señalaba las siete. Me puse de pie y contemplé el cielo encontrando un resplandor rojo que emanaba por detrás del edificio de la Facultad de medicina, extendiéndose encima de él, ramificándose en el cielo, con una media luna incipiente, hermosa, dibujada en lo más alto del resplandor, como si fuera una delicada insinuación. Vi algunas luces en algunos edificios de la universidad y personas que pasaban rápidamente por el lugar, ligeramente, como si no pisaran el suelo, y otros que pasaban a través de los imponentes portales, cabizbajos, como si estuvieran haciendo aquello irreflexivamente, sin estar conscientes de ello, tal como acostumbraron a hacer a lo largo de muchos años. Mirando el cielo de nuevo, me quedé atónito observándolo, viendo como torrentes de luces rojizas iban cambiando de color gradualmente hacia el gris azulado, hasta que el esplendor rojo hubiera desvanecido del todo en unos cuantos minutos, siendo sustituido por un color entre blanco y gris, que suele persistir a lo largo del día en los días de inicio del otoño madrileño.

    Me volví en mí a la voz de Amín.

-       Y aquí donde me ves –dijo–, soy un hombre medianamente feliz.

Luego me miró fijamente.

-       ¿Sabes por qué? –preguntó–.

-       ¿Por qué?

-       Porque he perdido años de mi vida en balde. Un gran vacío en mi vida que seguirá doliéndome hasta el final, especialmente desde que me di cuenta de cuan corta y cuan etérea es la vida.

-       No digas eso, Amín. La vida nos enseñó en esos años lo que no pudo la universidad.

-       Tienes razón, hemos aprendido mucho –dijo con voz tenue, resistiendo una súbita carraspera, mientras sacudía la cabeza mirando la mesa–.

   Durante unos momentos permanecimos en silencio, hasta que saqué una amplia sonrisa a mis labios y le pregunté con voz alegre:

-       Por cierto. Dime, ¿Sabes algo de Isam? No hemos vuelto a saber nada de ti ni de él desde hace mucho tiempo.

    El rostro de Amín se ensombreció de golpe. Sus ojos hablaron con los míos, tragándome la sonrisa, y una enigmática sensación de miedo me recorrió el cuerpo. Y cómo no recibía respuesta alguna le repetí la pregunta, a lo que él reaccionó volviendo a mirar la mesa mientras y se puso a mover con los dedos una cucharita a la que miraba fijamente. Luego masculló unas palabras ininteligibles, de las que sólo comprendí:- “Creí que lo sabías todo”.

-       ¿Todo, acerca de qué? –le pregunté, vehemente–.

-       Acerca de Isam –contestó lacónicamente, con voz vencida por un estertor, mientras seguía moviendo la cucharita, sin apartar la vista de ella–.

-       Por favor, Amín, dime que es lo que ha pasado –le espeté, impaciente, mientras le agarraba la mano que movía la cucharita–.

    Amín levantó hacia mí sus ojos tan enrojecidos que parecían a punto de estallar, con dos lágrimas que centelleaban.

-       Isam falleció hace más de dos años –dijo con una voz ahogada–.

    La noticia me fulminó, no pudiendo articular palabra. Me quedé mirando a Amín en silencio, como atontado. La cara de Isam amaneció en mi mente…alegre…lleno de vida.

-       Cuando Isam dejó Madrid e insistió en ir a estudiar a un país árabe o buscar trabajo –dijo Amín con la voz aún ahogada–, chocó con su familia, quienes cortaron con él, mayores y pequeños, para obligarle así a regresar a la universidad, aquí. Le fui a visitar una vez, meses después de nuestro regreso, encontrando que su situación entre sus familiares era más dura para él que la de vagancia y extravío en la expatriación. Su padre y su tío se sentaron con nosotros por cortesía, empezando el segundo a lanzar un discurso pesado e hiriente hacia su sobrino, incluso hacia mí, aunque con algo de decoro respecto a mí.

-       ¿Y qué tiene que ver su tío en esto estando su padre vivo? –le interrumpí preguntando indignado–. ¿Te acuerdas cuantas veces nos contaba acerca de las continuas riñas que no cesaban entre su padre y su único tío? ¡Qué mentalidad más arcaica!

- Así somos nosotros, Husam –continuó diciendo Amín, ya habiendo recuperado algo de serenidad–. Por más que te ausentes de la patria regresas para encontrarla tal como la habías dejado, o la encuentras retrocediendo para atrás. Aquellas abusivas palabras provocaron una discusión enconada entre Isam y su tío, y súbitamente su padre se disparó de su sitio y cayó sobre Isam golpeándole e insultándole, con lo que me apresuré a intervenir no pudiéndome creer lo que presenciaba, y pude, con ayuda del malévolo tío, separar el padre del hijo. Me precipité a salir de la casa, agarrando a Isam de su axila, para que respire conmigo aire puro fuera. Estuve a lo largo de una hora intentando con todas mis fuerzas calmarlo, pero él no hacía más que mascullar, indignado, unas palabras en las que descargaba toda su cólera contra la vida y contra el mundo entero. Luego me dijo que quería ir a visitar a uno de sus familiares para tratar con él un asunto importante. Quise acompañarlo, pero él insistió en irse solo. Antes de dejarme me dio un abrazo efímero que provocó mi extrañeza, y le seguí con la mirada mientras se alejaba, sintiendo pena y lástima por él. Sin embargo, me rondaba aún la esperanza de que seguramente Isam podrá atravesar aquella etapa dificultosa de su vida, y que el tiempo se encargaría de curarle las heridas del corazón. En aquellos momentos no sabía que yo era el último en ver con vida a Isam, ya que un coche le atropelló minutos después de dejarme, falleciendo en el hospital horas después.    

-   Que Dios le acoja en su misericordia –le interrumpí murmurando– ¿Y su madre, su padre y aquel tío suyo, volviste a verles?

- Cuando fui a dar el pésame a su familia –continuó–, encontré a su madre postrada en el lecho, y así sigue hasta hoy día. En cuanto a su padre le encontré sollozando y me pedía disculpas en voz alta delante de la gente por aquel comportamiento suyo hacia su hijo cuando más necesitaba su ternura y su apoyo. A su tío no le vi y espero no volverle a ver nunca.

   Amín dejó de hablar, nos quedamos en silencio de nuevo, reinando la tristeza sobre nosotros. Momentos después nos levantamos, nos estrechamos las manos y nos separamos, quedando en vernos al día siguiente.

    Salí de la cafetería encontrando que el cielo se había ennegrecido con unas espesas nubes, y que la ciudad se había envuelto en una densa oscuridad cuando aunque no había pasado el mediodía aún. Caminé arrastrando los pies, sin que el rostro de Isam se apartara de mí. Me volví hacía mis dos personas acurrucadas dentro de mi ser y encontré en aquel instante que se habían fusionado y se habían sumergido juntas en un silencio taciturno. ¡Oh pasado!, ¡maldito seas!, sigues estando vivo y capaz de causar daño al alma siempre que te presentas en ella o se presenta ella en ti, en tu espacio que no hace más que expandirse en la memoria, cual tumor cancerígeno que crece sin cesar, hasta apoderarte de la memoria entera, que es cuando se presenta la muerte. 

    Me acordé de repente que no había preguntado a Amín por si había contactado con los otros dos miembros de P.D., el doctor Nabil y Walid. Walid había abandonado los estudios al mismo tiempo que yo y juntos hemos regresado a nuestro país. Sin embargo, nos encontramos sumidos entre nuestras familias en un ambiente odioso, cargado de hostilidad y acechanza contra nosotros, cualquiera que sea el motivo, pequeño o grande, por lo que preferimos regresar a Madrid y establecernos definitivamente aquí. Me di la vuelta buscando a Amín entre los transeúntes para preguntarle por aquello, encontrándole caminando pausadamente, cabizbajo, por lo que continué mi camino.

(1977)

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(1)   Juego de palabras, basado en un verso poético árabe popular, que reza así:”Ojalá la juventud vuelva algún día, para contarla lo que hicieron las canas”, siendo que “canas” y “médico” riman, en árabe.

 (2) Pachá ingeniero, “o pachá arquitecto”: formula de dirigirse a los ingenieros y arquitectos, en Egipto.

(3) Juego de palabras en árabe. La palabra “veneno” rima con “prima”.

(4) En árabe.

(5) Es así, Gran Patria, como llaman los árabes unionistas al conjunto del mundo árabe.

(6) Hadices: Dichos del profeta Muhammad, la paz sea con él.    

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