AMARZAD, EL MAGO FLOR Y LOS CINCO REINOS <p> Entrega 37

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AMARZAD, EL MAGO FLOR Y LOS CINCO REINOS

Entrega 37



 AMARZAD, EL MAGO FLOR Y LOS CINCO REINOS 

Saïd Alami

En entregas semanales 


(Entrega 37)

13 Diciembre 2022


A los dos días de la partida de la embajada de Amarzad de Dahab rumbo a Darabad, se presentó en el Palacio Real la tía Pakiza, tal como le gustaba llamarla al sultán Nuriddin. Pakiza era la madre de Bahman, viuda de Parvaz y tía de Nuriddin. Frecuentaba el palacio para visitar a su querido sobrino, él sentía gran predilección por ella, pues era la única tía materna que tenía, y la consideraba la prolongación viva de su difunta madre, a la que debía un sinfín de favores desde que era niño.

Pakiza, una aristócrata de inmensa riqueza, fue recibida con profundo cariño por la sultana Shahinaz, quien la acompañó a su ala del palacio y con quien estuvo desahogándose acerca de la desgracia que la había azotado con el asesinato de su marido y «la caída de Bahman en las garras de Qadir Khan y de su hija», como describía ella lo sucedido con su hijo y lo que había hecho este arrojándose en brazos del peor enemigo de Qanunistán y asesino de su padre.

La tía del sultán pidió a Shahinaz apoyarla en la petición que pensaba hacer a su sobrino de no castigar con la muerte a Bahman, a lo que la sultana le contestó que en ningún momento pensó Nuriddin dar muerte a su primo, pero sí castigarle con la prisión a su regreso a Qanunistán. Sin embargo, la anciana le confesó el temor de que su hijo fuera asesinado por las tropas encargadas de su detención a su regreso a Qanunistán, dado el gran odio que le tenían muchos de ellos al creer, erróneamente, según Pakiza, que había traicionado a su país a sabiendas de que Qadir Khan había matado a su padre. «Es imposible que mi hijo aceptara casarse con la hija de ese tirano si hubiera creído por un momento que se trataba de la hija del asesino de su padre», repetía la anciana entre sollozos. Al oír esto, Shahinaz —para no herir más los sentimientos de Pakiza—, se calló que Bahman había aceptado colaborar con su futuro suegro contra Nuriddin para derrocarle a cambio de casarse con Gayatari y convertirle en rey de Qanunistán.

El encuentro de Pakiza con su sobrino fue, como siempre, emotivo y lleno de cariño, lo que la anciana aprovechó para apelar a la bondad y nobleza de Nuriddin para que no permitiera que su hijo fuera asesinado, «pues él hasta ese momento no ha cometido crimen alguno», repetía la anciana una y otra vez, mientras Shahinaz intentaba tranquilizarla.

Nuriddin, que en ningún momento tuvo la intención de ordenar matar a Bahman, como ya le había informado anteriormente a su tía, le escuchó larga y respetuosamente. Cuando esta se hubo calmado, él la tranquilizó a su vez, asegurándole que eso no iba a suceder y que su hijo llegaría a Dahab sano y salvo.

—¿Y cómo puedes garantizar, querido sobrino, que ninguno de tus soldados o los de mi difunto marido vaya a asesinar a Bahman que seguramente estará desarmado y atado de pies y manos desde el momento de su captura hasta que llegue aquí? —preguntaba la anciana vehementemente, con lágrimas en los ojos—. Muchos de esos soldados y caudillos le consideran merecedor de morir con la espada y tú lo sabes, sobrino.

El sultán nunca había visto sollozar de aquella manera a su tía, salvo el día en el que le dio, él mismo, la noticia del asesinato de su marido. Era una mujer conocida por su fuerte personalidad y su altanería, por lo que sus ruegos tocaban el corazón de su sobrino, pues veía en ella a su madre, a la que tanto se parecía. Pero, sentimientos aparte, Nuriddin se quedó pensativo ante los argumentos de su tía, pues la mujer tenía razón y no había manera de garantizar la vida de su hijo a lo largo de la larga marcha desde la frontera de Rujistán hasta Dahab. El peligro radicaba especialmente en los soldados del difunto Parvaz, encabezados por Sunjoq. «¿Y qué sucedería si alguna cuadrilla de los hombres de Parvaz decide dar muerte a Bahman tras su apresamiento?», se preguntaba el sultán.

Pakiza quedó en silencio a la espera de lo que fuera a decir su sobrino a quien veía absorto en sus pensamientos. La astuta anciana supo en aquellos momentos que había podido convencer al sultán del peligro de apresar a su hijo y llevarlo hasta Dahab. Ella traía consigo un plan alternativo y diabólico del que aún no había dicho una palabra a su sobrino ni a Shahinaz. La sultana seguía la conversación entre su marido y Pakiza, pero quedándose al margen, limitándose a hacer gestos en apoyo de lo que decía la anciana y que ella ya sabía de antemano.

—No olvides, querido sobrino, que Bahman, tu primo, cuando haya sido detenido a su llegada a Qanunistán, no habrá cometido hasta ese momento ningún crimen —dijo la anciana, a la espera de lo que iba a contestar su sobrino, para soltarle ella a continuación el plan que traía entre manos.

El sultán la miró cariñosamente, temeroso de que su respuesta la pudiera alarmar más aún.

—Pues claro que habrá cometido un crimen, querida tía. Casarse con la hija de nuestro mayor enemigo y aliarse con él para derrocarme, matarme y convertirse él en rey de este país, y ponerlo bajo el control de Qadir Khan. ¿No le parece todo esto suficiente crimen?

—¿Cómo? —balbuceó la anciana, que no esperaba para nada esta respuesta, pues no sabía de la conjura en la que se había metido su hijo contra su rey.

Tras una larga conversación en la que Pakiza se quedó enterada y convencida de que su hijo estaba implicado en la mencionada conspiración, la anciana decidió soltar, desesperadamente, el plan que traía consigo y que había tramado al principio ella sola y más tarde con ayuda de un destacado caudillo del ejército de su desaparecido marido.

—Bueno, sobrino —dijo la anciana algo dubitativa—, ¿y si resulta que Bahman no se casa con la hija del tirano y regresa a Qanunistán y se pone enteramente a tu disposición, majestad?

El sultán no intuía a qué se refería su tía con aquella ocurrencia suya, por lo que quedó algo desconcertado.

—¿A qué te refieres con eso, querida tía? —preguntó Nuriddin sonriendo.

—A que yo te lo traigo aquí, delante de ti, antes de que se celebre la boda —respondió la anciana firmemente.

—¡¿Cómo?! ¡Que me traes a Bahman aquí! —exclamó el sultán mientras carcajeaba—. Tienes unas ocurrencias, querida tía.

Pakiza se molestó por la risa de su sobrino, intercambiando una mirada de extrañeza con Shahinaz. Al notarla, Nuriddin dejó de reírse, carraspeó y miró a su tía cariñosamente.

—No me vas a negar, querida tía, que lo que me acabas de decir es sumamente sorprendente y que dejaría perplejo a cualquiera —le dijo el sultán sonriendo—. ¿Cómo dices que me traes a Bahman aquí como si eso fuera tan fácil, estando él instalado en el Palacio Real de Zulmabad y rodeado de cientos de soldados y guardias?

—Lo digo y lo hago, Nuriddin —le increpó la anciana muy seria, frunciendo el ceño—. ¿Acaso te olvidas de quién es tu tía?

El sultán se dio cuenta de que Pakiza iba en serio y que no convenía tomarla a broma en aquellos momentos.

—¿Y cómo piensas hacerlo, querida tía? —preguntó en tono serio y muy interesado en saber los detalles.

—Secuestrándole —soltó la anciana.

—¡¿Cómo?! ¡Secuestrándole! —exclamó el sultán, mientras movía su vista entre su tía y su esposa, escandalizado.

—¿Qué hay de extraño en eso? —le increpó nuevamente Pakiza—. ¿Acaso es mi primer secuestro? ¿O es que ya te has olvidado?

—¡Oh! Ya —balbució el sultán mientras se levantaba y empezaba a dar vueltas alrededor de su esposa y su tía, con sus manos enlazadas detrás de la espalda, fijando la vista en el suelo. Las dos mujeres le seguían con la vista, a la espera de lo que iba a decir.

Efectivamente, el sultán se acordó de que su tía, diez años atrás, había organizado el secuestro de Akshay Shapur, un importante noble del lejano reino de Salamistán, quien estaba tan enemistado con su marido, Parvaz, hasta el punto que Shapur había enviado hombres para que lo asesinasen en Dahab. Aquella conspiración para matar a Parvaz terminó en un fracaso, pues capturaron a los enviados, que más tarde se escaparon y nunca más se supo de ellos. Parvaz no dormía por las noches deseando vengarse de su enemigo. Pakiza, ni corta ni perezosa, utilizando a varios de sus hombres, organizó el secuestro de Akshay Shapur, que fue llevado por ellos desde su cama, en Salamistán, hasta el palacio de Parvaz, en Dahad. El pachá no sabía entonces nada del secuestro hasta que Shapur estuvo en camino rumbo a Dahab. Parvaz se indignó entonces con Pakiza, pues consideraba que el secuestro era indigno de un hombre de honor como él, y por ello, se negó a tratar a su enemigo como a un secuestrado, pidiéndole disculpas, instalándole en su propio palacio como un ilustre huésped y presentándole al entonces sultán Namir, padre de Nuriddin, convirtiéndose el secuestrado en un leal amigo de Parvaz y del sultán. Parvaz se despidió de Shapur un mes más tarde cargado de preciosos regalos y custodiado por caballeros y soldados qanunistaníes.

Nuriddin, tras dar unas vueltas en círculo, se plantó delante de su tía.

—¿Y te encargas de secuestrar a Bahman tú sola o necesitarás mi ayuda? —preguntó el sultán a su tía, muy serio.

—¡Por supuesto que me encargo! —exclamó la anciana muy resuelta—. ¿A qué si no vine yo aquí? Lo tengo todo previsto.

Con la última pregunta del sultán la anciana y la reina daban por aceptada la propuesta de Pakiza y ambas dibujaron una ancha sonrisa sobre sus labios. Nuriddin había sopesado bien la propuesta de su tía. «¿Y qué hay de malo en ella? —se decía—. Qadir Khan intentó varias veces asesinarme aquí, en mi propio palacio, y ya es hora de que yo le devuelva alguno de sus atrevimientos, secuestrando al novio de su hija y dando al traste con la boda que con tanta pompa y suntuosidad está preparando, y que él concibió como base para destruir a mi pueblo, a mi país y acabar conmigo y con el reinado de mi familia. Pretende ocupar mi país y saquear nuestras riquezas, utilizando a mi propio primo como puñal dirigido contra mi pecho, pues yo le daré una lección en su propio palacio y le dejaré en ridículo ante todos los reyes, sultanes y príncipes que ha invitado a esa boda. Y tal vez, ridiculizándole de esta manera delante de sus aliados, estos le pierdan el respeto y se separen de él, ya que quien no puede proteger su propio palacio y deja que secuestren al novio de su hija, ¿qué confianza merece como para arriesgarse con él en una guerra contra Qanunistán y Najmistán?». Todos estos pensamientos rondaron por la cabeza de Nuriddin y le animaron a apostar decididamente por el secuestro de Bahman.

—¿Tienes a los hombres necesarios, adecuados y capaces de cumplir exitosamente con esta misión, querida tía? —preguntó Nuriddin sonriente, como dando por descontado que sí los tenía.

—¿Me permites presentártelos, querido sobrino? —preguntó Pakiza, ardorosamente, y ya comportándose a sus anchas, volviendo a ser ella misma, la gran señora que era en realidad.

—¿Y te los has traído contigo? —preguntó el sultán con una sonrisa más ancha aún que la primera, en medio de la risa contenida de Shahinaz, que no salía de su asombro, pues momentos antes la anciana sollozaba como una descosida y ahora resultaba que tenía en la puerta a sus hombres mientras discutía con el sultán su plan de secuestrar a Bahman nada menos que en el Palacio Real de Zulmabad.

—Claro que me los he traído conmigo, no te iba a hacer perder el tiempo en una discusión tras otra. Ya está hablado, decidido e iniciado, con la ayuda de Dios, claro está —decía esto último mientras levantaba sus ojos y las palmas de sus manos hacia el cielo como implorando—. ¿Les hago venir aquí? Están esperando en la entrada principal.

—No, bajo yo a verlos —puntualizó el sultán mientras llamaba a uno sus guardias y le ordenaba invitar a entrar a los hombres de Pakiza al salón de recepción.

Minutos más tarde, el sultán y Pakiza bajaron por los escalones de mármol, anchos y cómodos, en forma de media circunferencia, que desembocaban en el inmenso salón marmóreo que conformaba la entrada desde el exterior a la planta baja del palacio. Shahinaz prefirió permanecer en la planta superior asomada por la barandilla para poder ver a los hombres de Pakiza.

El sultán contó hasta veinte hombres jóvenes, todos con el torso desnudo, y pensó que en su mayoría debían rondar la treintena, y eran de distinta estatura, complexión y tez. Los hombres se habían colocado formando una columna compuesta por seis filas, de tres cada una excepto la que estaba a la cabeza, pues lideraban dos hombres aquel escuadrón tan bien organizado. A todos los unía una característica física, pues sus cuerpos eran fibrosos y erguidos, excepto los tres hombres que formaban la última fila, todos entrados en edad y delgados. Pakiza caminó junto al sultán hasta ponerse al lado de ellos, en la cola de la columna.

—Estos tres son magníficos alquimistas capaces de preparar toda clase de somníferos, hipnóticos y venenos.

El sultán los miró tranquilamente, mientras ellos hacían una inclinación de obediencia. Pakiza se movió hasta la siguiente fila, avanzando hacia la cabeza de la columna  de hombres.

—Estos tres, en cambio, no fallan un objetivo con sus flechas por muy pequeño que sea y hasta donde alcance su vista. Esta fila, en cambio, está compuesta por hombres cuya especialidad es lanzar dagas y cuchillos desde lejos con gran precisión. Este otro trío son hombres capaces de escalar paredes lisas, muros y murallas y colarse por cualquier ventana, por pequeña que sea, así como de enganchar sus cuerdas en lo alto de cualquier techo, ventana o muro y trepar por ellas hasta donde les dé la gana, o sea, que donde ponen el ojo ponen el ojal de sus cuerdas. Los miembros de este otro trío son capaces de hipnotizar hasta a un elefante, solo con fijarse en sus ojos y mover sus dedos delante de sus ojos. En cuanto a estos tres son expertos consumados en toda clase de luchas y combates. En realidad, querido sobrino, todos son excelentes en el combate.

Así recorrieron el sultán y su tía aquel pelotón, con tranquilidad, llegando finalmente a la cabecera del mismo, donde estaba la fila compuesta solo de dos caballeros, ambos altos y musculosos. Pakiza se detuvo ante ellos junto al sultán, cuyo semblante reflejaba un buen grado de satisfacción y admiración.

—Este es Azadi, el jefe de esta misión, y este es Babu, su lugarteniente. Te aseguro, querido sobrino, que ambos son capaces con sus espadas de vencer a decenas de hombres bien entrenados.

El sultán, dirigiéndose a Azadi y Babu, les llamó la atención sobre la extrema importancia de su misión en Rujistán, subrayando que se trataba de una tarea que no admitía fallo alguno porque en tal supuesto pagarían con sus vidas, a manos de Qadir Khan, como precio de su error.

Nuriddin les mandó marcharse a todos. Posteriormente, advirtió a su tía sobre la importancia de advertir a sus hombres acerca de la necesidad de no mencionarle a él ni a nadie de su gobierno en caso de ser descubiertos o apresados, pues él en ningún momento reconocerá tener nada que ver con ellos.

—Qadir Khan tampoco reconoció nunca ninguna implicación en los intentos de asesinarme y tampoco lo hicieron sus hombres encargados de llevar a cabo el crimen —puntualizó ante su tía—. Los rujistaníes podrán utilizar el argumento de nuestra implicación en el secuestro de Bahman para ganar más apoyo de sus aliados e incluso ganar más aliados contra nosotros —concluyó    el sultán.

—No os preocupéis Vuestra Majestad —enfatizó Pakiza—. Yo seré en todo momento la responsable de esta misión y de todo lo que puede acontecer de imprevistos o contratiempos, así se lo tengo advertido a mis hombres.

—Muy bien, querida tía.

—Solo un punto más, majestad —dijo Pakiza.

—¿Cuál es? —preguntó el sultán, con manifiesto interés.

—Que mañana mismo salgan misivas de vuestra majestad a todos sus jefes militares desde Dahab hasta la frontera de Rujistán y otra misiva a Sunjoq en Zulmabad para que presten toda la asistencia y la ayuda necesarias a mis hombres hasta que terminen de llevar a cabo su misión y regresen con Bahman. Es verdad que Sunjoq es uno de los hombres más leales de mi difunto marido, pero él no admitiría involucrarse en una operación tan peligrosa y de tanta envergadura si no recibe las órdenes directamente del jefe del ejército o de su majestad.

—De acuerdo, sin falta, mañana por la mañana saldrán esas misivas —dijo el sultán—. Tus hombres pueden salir de Dahab dentro de dos días, provistos de todo lo que necesiten. Así, mis misivas irán un día por delante de tus hombres.

—De acuerdo, majestad —dijo Pakiza muy satisfecha.

El sultán preguntó por el plan que tenían para llevar a cabo el secuestro de Bahman, y así se lo explicó Pakiza con detalle:

—Nuestros hombres, al llegar a la frontera de Rujistán, irán entrando de tres en tres, camuflados como simples mercaderes, con sus correspondientes burros y mulas. Si los soldados rujistaníes les interrogan, dirán siempre que acuden a Zulmabad para hacer negocio aprovechando los festejos que se van a celebrar con motivo de la boda de la hija del rey, y si es necesario renegarán de Vuestra Majestad, sobrino, y se declararán enemigos tuyos. Todos ellos irán por caminos poco frecuentados por lo que será improbable que nadie los detecte hasta llegar a Zulmabad.

Al llegar a este punto, Pakiza se calló, como explorando lo que opinaba el sultán sobre eso último que había dicho. Nuriddin asentó con su cabeza, invitándola con un gesto a seguir hablando.

—Al llegar el primero de ellos, Azadi, se reunirá con Sunjoq —prosiguió la anciana—, este habrá recibido ya la misiva de su majestad, pero también le entregará otra misiva escrita de mi puño y letra, dirigida a mi hijo para felicitarle por la boda y avisarle de que envío a Azadi y a sus hombres para reforzar su custodia cuando regrese en compañía de su mujer a Qanunistán, sobre todo para protegerles en su travesía desde la frontera hasta aquí. La comparecencia de Azadi ante Bahman para entregarle mi carta se hará cuando todos los hombres de la misión se hayan presentado a Sunjoq. El último en llegar será Babú, que, como Azadi, hará todo el viaje hasta Zulmabad en solitario.

Pakiza se calló a la espera de la opinión del sultán acerca de su plan. Este se quedaba perplejo ante el plan trazado por su tía y que le parecía mejor que los de algunos grandes caudillos militares.

—Todo esto me parece bien, querida tía, pero ¿cómo se llevará a cabo el secuestro si Bahman está rodeado de soldados de Qadir Khan día y noche? ¿Olvidas acaso que tu hijo está hospedado en el mismísimo Palacio Real         de Zulmabad?

—No, no me olvido, querido sobrino. El resto del plan será coser y cantar, créeme. Los hombres encabezados por Azadi se convertirán en los únicos custodios de mi hijo, tal como le pediré yo en mi carta, en la que le voy a instar a no confiar más que en ellos, haciéndole creer a mi hijo que su majestad no sabe nada de mi plan de protegerle y le pediré que deje de confiar en los hombres de Sunjoq. Mi hijo hará exactamente lo que le diga yo, le conozco muy bien, además, se sentirá muy satisfecho de ver que yo estoy de acuerdo con su boda y que quiero protegerle a él y a su mujer. Todo esto, majestad, se lo explicaré a Sunjoq en la misiva que le voy a enviar con Azadi, para que ayude en todo momento a desarrollar bien este plan dejando que mis hombres se encarguen ellos solos de la custodia de Bahman, día y noche.

—Bien..., me parece bien todo esto, pero el Palacio Real de Zulmabad seguro que está lleno de guardias reales que vigilan cada rincón del palacio. ¿Cómo sacarás de allí a Bahman?

—Eso será lo más sencillo, majestad. Los hombres de Sunjoq ya saben todo lo que hay que saber sobre el Palacio Real de Qadir Khan, incluso el depósito de donde procede el agua que beben todos los que habitan en él, salvo la familia real cuya agua, la que abastece sus alas privadas, procede de una fuente sobre la que han construido gruesas y elevadas paredes, inaccesibles e infranqueables, donde se monta guardia día y noche. Esta agua es conducida mediante canales subterráneos hasta las alas privadas del rey, la reina y sus hijos. A ellas se accede por la misma puerta, y nadie salvo los miembros de la familia real y sus sirvientes y sus doncellas pueden atravesar esa puerta cuyos guardianes son siempre los mismos y se van turnando. Nadie ajeno a la familia real puede siquiera conversar con estos guardias mientras están de servicio.

—¡Vaya! ¡Vaya! —la interrumpió el rey atónito, a la vez que encantado—. ¿Quién te informó de todo esto, querida tía? —preguntó, mientras su tía sonrió ampliamente, guiñándole un ojo.

—Insisto, joven, parece que no conoces bien a tu tía. En realidad, soy idéntica a tu madre, que en paz descanse.

—Lo sé, tía Pakiza, pero ¿cómo sabes todo esto?

—Sunjoq, en cuanto conoció el asesinato de mi marido, que Dios lo acoja en sus cielos, me ha mantenido informada acerca de todo lo que acontece respecto a Bahman, detalladamente, porque así se lo pedí.

—Me parece magnífico, querida tía, lo has hecho muy bien.

Pakiza sentía una gran satisfacción, que se reflejaba en su cara, viendo que sus planes para salvar a su hijo obtenían la aprobación del monarca, e incluso le habían causado igual satisfacción que a ella.

—Por cierto, tía —prosiguió el sultán—, nuestro hombre en Zulmabad, Sunjoq, se empleó a fondo en conocer lo que hace mi primo Bahman allí, lo que habla con el tirano y lo que acuerda con él, y todos estos datos me llegan a través del jefe de nuestro ejército, el caudillo Qasem Mir.

—Pero Sunjoq nunca me habló de los planes de Bahman de conspirar contra ti, sobrino. Tal vez no lo vio necesario o no quiso herir mis sentimientos.

—Tal vez, querida tía.

—Tú sabes, sobrino, que tu primo no sospecha para nada que su padre haya sido asesinado por orden de Qadir Khan, cree a pies juntillas que su padre murió como resultado de un accidente y ni Sunjoq ni nadie de sus hombres allí se atrevió a contarle la verdad.

El sultán no quiso herirla, por lo que se calló el hecho de que Sunjoq puso a Bahman al tanto de sus sospechas de que su padre, Parvaz Pachá, había sido asesinado, lo cual Bahman se negó a creer, rechazando esta hipótesis tajantemente.

—Lo sé, querida tía, lo sé —dijo el sultán algo enojado—. ¿Pero que tiene esto que ver con la traición? Hayan asesinado a Parvaz o no, ¿qué tiene esto que ver con que Bahman decida pasarse al bando de Qadir Khan en contra de su propio país y de su propio rey?

—No le vamos a permitir que nos traicione, majestad. Cuando Bahman comparezca ante su majestad, no habrá ninguna traición por medio y su majestad decidirá qué hacer con su propio primo —dijo la anciana seria y triste, lo que apenó sinceramente a Nuriddin, que tanto la quería.

—Ya veremos cuando esto suceda. Prosiga, querida tía —dijo el sultán intentando consolarla.

—Como decía, sobrino, cuando decidí rescatar a Bahman, o secuestrarlo, llámalo como quieras, hijo, y tras reunir a los hombres necesarios para la misión, le envié a Sunjoq las preguntas que el jefe de la misión, Azadi, me proporcionó y que a su vez le habían entregado sus hombres. Sunjoq me contestó a todas las preguntas, con lo cual pude establecer, junto a Azadi, el plan del secuestro en detalle.

—Estupendo, querida tía, pero aún no me has dicho qué tiene que ver eso del agua del Palacio Real de Qadir con el asunto que nos ocupa.

Continuará…

 


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