AMARZAD, EL MAGO FLOR Y LOS CINCO REINOS 

AMARZAD, EL MAGO FLOR Y LOS CINCO REINOS <p> Entrega 35

موقع الأديب سعيد العلمي. منذ 2020/10/2 WEB del escritor Saïd Alami. Desde 2/10/2020 |
ALBUM DE FOTOS | LIBRO DE VISITAS | CONTACTO |
 
 

WWW.ARABEHISPANO.NET المـوقـع الـعـربي الإسـباني


(إسبانيا) موقع الأديب سعيد العلمي

WEB del escritor y poeta Saïd Alami

وجوديات
وجدانيات
القصيدة الوطنية والسياسية
قصص سعيد العلمي
الصوت العربي الإسباني
POESÍA
RELATOS de Saïd Alami
La Voz Árabe-Hispana
Artículos de archivo, de Saïd Alami

 

AMARZAD, EL MAGO FLOR Y LOS CINCO REINOS

Entrega 35


AMARZAD, EL MAGO FLOR Y LOS CINCO REINOS 

Saïd Alami

En entregas semanales 


(Entrega 35)

17 noviembre 2022

 

El rey se mantenía en silencio, así como los tres miembros de la embajada de Qanunistán. Para el rey todo quedaba diáfanamente claro al haber oído la noticia de la invasión de su territorio por tropas de Qadir Khan, pero le disgustaba enormemente tener que entrar en conflicto con Rujistán.

Amarzad, mientras, iba leyendo con gran satisfacción, muy bien disimulada, los pensamientos del monarca. Para ella, la misión casi había alcanzado felizmente su meta con total éxito, con la ayuda inesperada del propio Qadir Khan y de su torpe hijo, Khorshid. Por su parte, Burhanuddin sabía perfectamente que Khorshid se había adentrado en territorio de Nimristán para evitar ser sorprendido por las tropas de Nizamuddin o las de Taimur, y que estaba acechando el regreso de la embajada de Amarzad. La satisfacción de Burhanuddin no tenía límite ante las noticias que traía Baqir.

El rey, debatiéndose aún acerca de cómo encauzar la nueva situación creada con la invasión de su país por Qadir Khan, se mantenía en silencio, ante lo cual Muhammad Pachá pidió permiso para hablar.

—Hable su excelencia, le escucho atentamente —dijo el rey al gran visir de Qanunistán—. Ya habrán escuchado, su alteza y sus excelencias, mi conversación con el caballero Baqir y lo habrán entendido todo. Una gran tropa de Rujistán ha invadido nuestro territorio.

—Gracias, majestad —respondió el gran visir—. La traición de Qadir Khan hacia vuestra regia persona no tiene límite. Aquí el joven Burhanuddin Pachá ha sido testigo directo, en Rujistán, de lo traicionero que es ese monarca. Podemos asegurar a su majestad que Qadir Khan no piensa cumplir con el trato establecido con su majestad ya que él, tras asesinar a nuestro embajador Parvaz Pachá, que iba a negociar con él y al que le unía cierta amistad, embaucó al hijo de Parvaz, de nombre Bahman, para que se uniera a él contra nuestro sultán Nuriddin, a cambio de casarle con su hija Gayatari y sentarle con ella en el trono de Qanunistán, sometiendo así a nuestro país a su voluntad. En estos planes no entra vuestra majestad ni de lejos, todo lo contrario, es de esperar que, una vez logrado su propósito de asesinar a nuestro sultán, cosa que ya intentó en varias ocasiones, e investir a Bahman y a Gayatari como nuevos reyes, se volverá contra vuestra majestad y contra su reino. Aquí, Burhanuddin Pachá también fue testigo directo de la primera intentona de asesinato a nuestro sultán y fue él mismo quien defendió la vida de su majestad, el sultán Nuriddin, que Dios lo guarde muchos años.

El rey se quedaba boquiabierto ante tantas y tantas sorpresas desagradables, a la vez que veía crecer ante sus ojos al joven Burhanuddin, a quien no perdía de vista mientras escuchaba a Muhammad Pachá.

—¿Que intentó asesinar a traición al sultán Nuriddin? ¿Y también asesinó al bueno de Parvaz Pachá? —le oyeron murmurar, incrédulo, al rey—. Pobre hombre. También le conocía personalmente.

El rey se quedó en silencio nuevamente, mientras Amarzad iba leyendo su pensamiento como si mirara en las páginas de un libro. Kisradar no tenía la más mínima duda de que todo lo narrado por Muhammad Pachá era certero, pues él conocía al gran visir desde hacía muchos años y sabía que era hombre recto y honrado. «Efectivamente, Qadir Khan me invitó a la boda de su hija, aún sin decirme quién sería su novio —pensaba el monarca—. La traición está clara, ya que Qadir Khan no me informó ni una palabra de sus planes para el futuro de su hija y el de su futuro yerno. Y lo de sus tropas irrumpiendo en mis territorios son claros indicios de agresión que no auguran nada bueno».

—¡Efectivamente! —exclamó el rey como si despertara de un mal sueño—. Qadir Khan me invitó a la boda de su hija, sin mencionar una palabra sobre el novio de ella. No teníamos intención de acudir a esa boda la reina y yo, pero iba a enviar a Sorush en representación nuestra.

—¿A mí? —exclamó Sorush, que no sabía nada de los planes de su padre al respecto.

—Tranquilízate, príncipe —se retractaba el rey, muy serio—. Nadie va a ir a esa boda.

Las caras de Amarzad y de los dos pachás resplandecieron de satisfacción, aunque sin articular palabra los tres, a la espera de lo que el rey iba a añadir.

—Princesa, Muhammad Pachá y tú, joven pachá —dijo el rey dirigiéndose a los tres y terminando con una sonrisa leve dirigida a Burhanuddin—, sinceramente declaro delante de vuestra alteza y vuestras excelencias que nunca me sentí cómodo ni plenamente satisfecho con mi alianza con Qadir Khan, en quien nunca he confiado plenamente. Ahora, gracias a Dios antes de que sea demasiado tarde, me doy cuenta de mi error sobre el que tantas veces me quisieron alertar la reina, mi hijo Sorush y tú mismo, príncipe Nuri, además de otros príncipes y miembros de la nobleza —concluyó el monarca, que por primera vez mencionaba al príncipe Nuri y se dirigía a él, sabiendo que contaba enteramente con la aprobación de su sobrino al tomar el nuevo giro en su política hacia Qadir Khan.

—¡Alabado sea Dios! ¡Alabado sea Dios! —exclamaron, aunque sin levantar la voz, Muhammad Pachá y Burhanuddin Pachá, mientras una radiante sonrisa iluminaba los rostros de Amarzad, Sorush y Nuri, pero sin que ninguno de los tres articulara palabra, a la espera de que el rey terminara su parlamento.

Sorpresivamente, el gran visir, Rasul Mir se levantó con aires de profunda indignación.

—No, majestad —dijo el gran visir de Nimristán, abruptamente, sin llegar a gritar.

El rey, levantándose, le interrumpió tajante.

—¡Cállese, Rasul Mir! —gritó el rey con determinación, sin dejar opción alguna a su gran visir salvo permanecer callado—. ¿Acaso no le han bastado todas estas pruebas de traición de parte de su amigo Qadir Khan, incluidas las pruebas traídas por nuestros propios hombres desde la zona fronteriza?

Todos los presentes se pusieron de pie al ver levantarse al rey, mientras el monarca extendía la mano hacia el príncipe Sorush para que se acercara a él y se pusiera junto a él. El rey mandó llamar a su escribano, que acudió enseguida.

El monarca ordenó al escribano que escribiera la declaración que él iba a hacer.

—Por todo eso —prosiguió el monarca, como si no hubiera interrumpido su discurso durante casi diez minutos— y tomando en cuenta todo lo que acaba de acontecer ante mis ojos y todo lo que hemos hablado desde que recibí a vuestra alteza y a vuestras excelencias, y tomando en cuenta también las posturas de mi hijo y heredero del trono, príncipe Sorush, de la reina y de los demás príncipes y nobles que se oponen a mi alianza con Qadir Khan, y dado que este rey de Rujistán me traicionó muy flagrantemente enviando sus tropas a invadir mi reino con la clara intención de asaltar mis ciudades, urdiendo un plan diabólico para apoderarse de vuestro gran reino con ayuda del traidor hijo de Parvaz, asaltando y matando a mi amigo el príncipe Johar cuando venía a verme y asaltando a su alteza y a sus excelencias mientras venían a verme también, con lo que este canalla de Qadir Khan estaba bloqueando mis fronteras con Qanunistán sin que yo lo supiera ni lo pudiera imaginar; por todo esto, y por otros motivos no menos ignominiosos de los que acabo de enterarme en el curso de nuestra conversación, declaro ante vuestra alteza y vuestras excelencias, y ante mi heredero, el príncipe Sorush, y mi gran visir Rasul Khan, la ruptura de mi alianza con Rujistán y Sindistán, quedándome completamente al margen de la invasión que Qadir Khan y Radi Shah están preparando contra vuestro reino. Declaro que respetaré todos los puntos acordados por nosotros hoy en estas conversaciones y les invito a que mañana firmemos estos acuerdos, incluidas las ofertas que la princesa me hizo, por mandamiento de su padre, su majestad el sultán Nuriddin. Tras la firma, podrán regresar y comunicar esta buena nueva al sultán Nuriddin acompañada de mi más sincero pésame por las muertes del príncipe Johar y la de Parvaz Pachá.

El monarca hizo una pausa, observando los semblantes satisfechos de sus huéspedes, y de Sorush y Nuri, no así el de Rasul Mir, que tenía en aquel momento un semblante muy sombrío. Al rato, volvió a hablar:

—Por supuesto que vais a llevaros de vuelta mis regalos al sultán, junto a una misiva en la que expresaré mi sincero arrepentimiento por haberme aliado en contra de su majestad, con el traidor de Qadir Khan.

Al terminar de escuchar aquella declaración que el rey hizo solemnemente, dirigiéndose en todo momento a Amarzad y a Muhammad Pachá, y mirando esporádicamente a Burhanuddin, la princesa avanzó un paso hacia el rey, y lo mismo hicieron tras ella los dos pachás que la acompañaban.

—Quiero, en nombre mío y de Muhammad Pachá y Burhanuddin Pachá, expresar nuestra más profunda gratitud, tanto por esta declaración que acaba de hacer vuestra majestad, como por el exquisito trato, respeto y cariño que nos han brindado todos aquellos con los que hemos tenido trato desde nuestra llegada —dijo la princesa dirigiéndose al rey—. No me cabe duda de que mi padre, el sultán Nuriddin, se va a sentir satisfecho por la decisión que acaba de tomar vuestra majestad, y seguro que vuestra majestad podrá contar con él para todo lo que requiera.

La reunión se dio por terminada, quedándose todos en reencontrarse antes de la cena para asistir al combate entre Korosh y Burhanuddin, para cuya celebración faltaban tan solo dos horas.

Todos, incluido el rey, se dieron cuenta de cómo Rasul Mir se despidió y salió apresuradamente nada más el rey Kisradar dio por terminada la reunión.

—Sorush, hijo —dijo el rey con semblante de preocupación, en el momento en el que se quedó en el salón a solas con él y con el príncipe Nuri tras la salida del mismo de los tres huéspedes.

—Decidme, padre.

—Pon a Rasul Mir bajo vigilancia, dispón para ello de los hombres que necesites de la Guardia Real. Tengo total confianza en ellos.

—De acuerdo, padre. La verdad es que este hombre nunca me ha caído bien, ni me ha gustado nunca la estrecha relación que tiene con Korosh.

—Considérate restituido en tu cargo de jefe del ejército. Tu hermano Korosh no es digno de un cargo de esta envergadura. Me lo acaba de demostrar él mismo hoy, nuevamente.

—Que sea lo que vuestra majestad decida, padre.

—Mañana anunciaremos su destitución y tu regreso a tu cargo, del que nunca debía haberte apartado —dijo el monarca apesadumbrado.

 

  Capítulo 27                     El combate

 

El mismo rey Kisradar, ayudado por dos visires y por Muhammad Pachá, supervisó los detalles del combate que se iba a librar entre el príncipe Korosh y Burhanuddin Pachá. Para ello, los encargados del combate, tal como les había ordenado el rey por la mañana, acondicionaron un gran salón del palacio donde dos anchas escalinatas, ubicadas en sus dos extremos, llevaban a una planta superior cuyo pasillo ancho y circular miraba directamente a la planta de abajo, donde se habían colocado de pie príncipes y nobles para asistir al combate. El rey, la reina, Sorush, Nuri, Amarzad y Muhammad Pachá se habían sentado, en la planta superior, en divanes colocados encima de una tarima levantada allí para la ocasión y cubierta de terciopelo rojo. Rasul Mir no había sido invitado por el rey a asistir al combate. El suelo del salón, de donde se habían apartado toda clase de muebles, adornos, espejos y utensilios, estaba cubierto, como en el resto del palacio, de mullidas alfombras exquisitamente decoradas.

El jefe de la Guardia Real, Nazim Merza, y dos de sus hombres, armados, habían sido encargados por el rey de controlar la pelea e impedir que ninguno de los contrincantes se saltase las reglas acordadas para el combate. Otra veintena de guardias reales se hicieron cargo de formar una barrera que impedía que nadie de los presentes allí pudiera alcanzar a ninguno de los dos combatientes.

Ambos contrincantes, descalzos, estaban con el torso desnudo. Vestían bombachos ligeros de lino, de color blanco Korosh y de color negro Burhanuddin. Siguiendo las órdenes de Nazim Merza, se pusieron de pie uno a cada extremo del salón, con sendos e idénticos alfanjes en la mano, prestos a iniciar el combate. Por orden del rey, antes de entregarles sus espadas, estas fueron presentadas al monarca y a sus acompañantes, quienes pudieron comprobar fehacientemente que ambas estaban hechas de hierro, y que eran idénticas en forma y peso, y con filo y punta incapaces de herir. Todos se dieron cuenta de que el peso de ambos alfanjes era menor del acostumbrado.

El rey dio la señal a Nazim Merza y este habló en voz alta para comunicar a todos los presentes que no se trataba de un combate a muerte, y explicó las características de las espadas que iban a utilizar ambos adversarios, y que el ganador sería quien lograra marcar a su contrincante, con la punta de su espada, en un punto mortal. De no lograr ninguno de los dos este objetivo durante el tiempo establecido para el combate —que marcaba un enorme reloj de arena que al invertirlo empezaría a dejar correr el tiempo—, sería el rey el encargado de decidir quién era el ganador.

 

El rey ordenó a Nazim Merza registrar a ambos jóvenes para asegurarse de que no llevaban ocultas armas, ya que los bombachos hacen factibles tales trucos, lo cual fue verificado por el jefe de la Guardia Real sin que hallara nada camuflado en la ropa de ninguno de los dos luchadores.

Un grueso y pesado silencio se apoderó del salón a la espera de iniciarse el combate, que no gustaba a la mayoría de los asistentes, especialmente al príncipe Nuri, quien veía en el mismo una aberración que ponía en entredicho la dignidad del reino de Nimristán al permitir que uno de sus distinguidos huéspedes, Burhanuddin, fuera tratado de aquella manera tan denigrante, obligándole a luchar contra el hijo del rey.

El rey, tal vez percibiendo el sentir de quienes lo rodeaban en aquel momento, ordenó a Nazim Merza traer a Korosh ante él.

—Korosh, ¿estás seguro de que quieres librar este combate? —susurró el rey al oído de su hijo—. ¿No sería más digno de ti y de todos nosotros suspender esta pelea?

—No, padre, no —respondió Korosh impaciente por iniciar el combate—. ¿Qué vais a decir de mí todos vosotros si yo suspendiera ahora el reto que yo mismo he planteado? ¿Qué dirían de nosotros en Qanunistán cuando se enteren que yo me he echado atrás delante de este mequetrefe?

El rey miró a su hijo en silencio, visiblemente asqueado ante su impetuosa respuesta, haciéndole una señal para que se retirara a su sitio y esperara la orden de iniciar el combate. Amarzad, que no había dejado de leer los pensamientos de Korosh desde que este entró en el salón minutos antes, le pidió permiso al rey para levantarse a hablar con Burhanuddin.

—Ten mucho cuidado —le dijo la princesa al joven pachá susurrándole al oído—. Korosh está decidido a matarte y creo que sería mejor que te retiraras del combate, no queremos problemas con el rey una vez que hemos alcanzado nuestro objetivo.

—No os preocupéis, princesa —le respondió en voz baja Burhanuddin—. Gracias por avisarme, pero permaneced tranquila, pues no dejaré que este engreído me alcance siquiera, ni con sus manos ni con su espada.

Amarzad veía tal grado de decisión y confianza en los ojos de Burhanuddin que optó por darse la vuelta y regresar a su diván.

El rey, viendo que Amarzad se había vuelto a sentar, ordenó en voz alta iniciar el combate.

Burhanuddin y Korosh avanzaron hacia el centro del salón, con decenas de ojos pendientes de ellos, en medio de un espeso silencio. Al ponerse uno en frente al otro se podía apreciar que eran de complexión parecida, aunque el príncipe tenía una estatura menor que la del pachá.

Amarzad seguía viendo en la mente de Korosh su determinación a matar a Burhanuddin cuando el príncipe de repente saltó en el aire con la intención de sorprender al pachá desde el primer instante y darle un formidable golpe en la cara con su pie derecho. Sin embargo, Burhanuddin, presto y alerta, recibió el ataque con suma precisión y sangre fría, de tal modo que agarró el pie de su atacante con tal fuerza que al lanzarlo acto seguido en el aire, este tuvo tal estrepitosa caída en uno de los extremos del salón, que arrancó una fuerte exclamación generalizada de los presentes y puso de pie al rey, tan sorprendido y preocupado por el golpe que acababa de tener su hijo y augurando ya lo que iba a deparar la pelea. Muhammad Pachá y Amarzad, intercambiando una mirada de profunda satisfacción, se pusieron igualmente de pie preocupados también por Korosh y pensando que no se levantaba más.

Continuará…

DEJE AQUÍ SU COMENTARIO    (VER COMENTARIOS)


COMPARTIR EN:

Todos los derechos reservados كافة الحقوق محفوظة - Editor: Saïd Alami محرر الـموقـع: سـعـيـد العـَـلـمي
E-mail: said@saidalami.com